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Freddy Schreiber recuperó en Venezuela la fe en la humanidad que perdió en el Holocausto

Esta semana se cumplieron 80 años de la liberación del campo de concentración de Auschwitz por las tropas soviéticas, el 27 de enero de 1945, fecha elegida por la Asamblea General de las Naciones Unidas como Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Freddy Schreiber, optometrista de profesión nacido en Austria, cuenta cómo sobrevivió al campo de concentración de Terezín, lo que perdió y lo que encontró en un paraíso, Venezuela, en donde, entre otras cosas, lo salvó la música
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Freddy Schreiber no olvida la fecha en la que llegó a Venezuela hace 75 años. 2 de enero de 1950. Tampoco ve aquel trascendental momento como un simple arribo a un país o una ciudad, para él fue encontrarse con un paraíso que le hizo renacer luego de dejar de creer en la humanidad tras ser una de las víctimas que sobrevivió al nazismo durante la Segunda Guerra Mundial.

Nacido en Viena, Austria, el 25 de marzo de 1932, el optometrista de profesión creció en una familia judía ortodoxa —compuesta por él, su padre, Jacobo; su madre, Lotte, y sus hermanos Elfriede, Kurt y Hans— que vivió muy bien hasta que en 1938 entraron las tropas alemanas, recibidas, recuerda, con brazos abiertos por parte de la población. Allá la gente quería a Adolf Hitler, a quien Schreiber vio en una oportunidad en la capital.

Antes de la llegada de los alemanes el padre de Freddy, que se sentía más austríaco que judío, manejaba un negocio con el que le iba bien y su hijo tenía muchas amistades en Ottakring, zona de trabajadores donde pasó su niñez. Normalmente salía a la calle y jugaba fútbol con sus compañeros. Pero aquellos niños que tanto lo quisieron en un momento, influenciados por el nazismo, comenzaron luego a dirigirse a él con insultos como “judío sucio”, “judío cochino” o le decían “anda, sacúdete”. Dejó entonces de salir a la calle y, como lo describe Primo Levi en Si esto es un hombre, el cerco alrededor de los judíos comenzó a cerrarse de manera progresiva.

En noviembre de 1938, a los 6 años de edad, Schreiber vivió su primer trauma en la Austria del nazismo. Durante la Kristallnacht (Noche de los cristales rotos) —una serie de linchamientos y ataques sistemáticos en Alemania y Austria contra los judíos— su padre fue detenido por la policía y a su hermana la obligaron a limpiar una calle con un cepillo de dientes, momento en el cual alguien le echó agua encima solo por ser judía. A Jacobo, que estuvo en la estación de policía dos o tres días, lo trasladaron a Dachau, en Alemania, donde permaneció 10 días. Luego regresó a Viena.

Un año después, los trasladaron de manera forzosa a un apartamento multifamiliar en el primer distrito, en el que compartieron tres o cuatro dormitorios con otras tres familias. Elfriede y Kurt se habían ido en marzo de 1939 a Inglaterra por medio de los Kindertransport, un proyecto que permitió rescatar niños de países controlados por los nazis, así que Freddy se quedó con sus padres y Hans, de 5 años de edad.

Freddy Schreiber (segunda fila, detrás del niño que tiene los codos sobre las rodillas con camisa blanca larga) en un partido de fútbol en Terezín | Archivo Familiar

La música en la vida de Freddy ha sido siempre esencial. En su casa en Ottakring era un motivo de alegría porque se tocaba el piano y todos cantaban. En Venezuela sería determinante para reconstruir su alma quebrada. Mientras estaban en el apartamento multifamiliar, Schreiber solía formar parte de un coro de niños que estaba en una sinagoga cercana. Allí cantó hasta 1942 porque el coro se disolvió y a los muchachos los llevaron al gueto de Lodz, así como a su abuela y su tío. A su abuela la llevaron luego al campo de exterminio de Chelmno para asesinarla con gas dentro de un camión sellado herméticamente con el tubo de escape del motor dirigido hacia el interior.

Según explica el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos en su página web, además de emplear cámaras de gas, los alemanes comenzaron a experimentar con furgones de gas para realizar masacres después de la invasión nazi a la Unión Soviética en junio de 1941. Comenzaron a usarlos porque los Einsatzgruppe —escuadrones de la muerte— se quejaban “de la fatiga de batalla y de la angustia mental causadas por el fusilamiento de una gran cantidad de mujeres y niños”.

Los padres de Freddy, su hermano y él fueron sacados del apartamento multifamiliar y llevados a un centro de recolección al que trasladaban a judíos que iban a campos de concentración. El 1 de octubre de 1942 los trasladaron al terminal de trenes Aspank Bahnhoff. En la noche porque no querían que la gente viera lo que estaban haciendo con los judíos, aunque, subraya Freddy, se sabía lo que estaba pasando. Unas 40 o 50 personas viajaron en vagones con animales y llegaron a un sitio llamado Bauschowitz, antes de arribar al campo – gueto de Terezín.

En Bauschowitz, recuerda Schreiber, abrieron las puertas y los soldados gritaron raus!, raus!, raus! (¡salgan!, ¡salgan!, ¡salgan!) mientras los perros les ladraban. Freddy y Jacobo saltaron pero Hans se aferró a Lotte porque no quería hacerlo. Ella tenía al pequeño en los brazos y apenas llegó abajo un SS se lo arrancó. Fue la última vez que lo vieron. Tiempo después supieron que había muerto, pero desconocen cómo y cuándo. Hans nació el 24 de marzo de 1937, justo un día antes de la fecha de cumpleaños de su hermano Freddy, quien habla de él entre lágrimas. Lotte bloqueó por completo de su memoria el recuerdo de su hijo menor.

Desde Bauschowitz hasta Terezín tuvieron que caminar unos 3 kilómetros con una maleta. Allí separaron a Lotte y Freddy de Jacobo. Freddy estaba en un área solo para niños apartada por pasillos de su mamá. A la semana lo alejaron de ella para ubicarlo en un sitio en el que estaban jóvenes de habla alemana, tanto de Alemania como de Austria. Era un salón enorme con camas triples. Allí comenzó el calvario.

Cuando los nazis llegaron a Austria los compañeros que Freddy tenía comenzaron a insultarlo por ser judío | Abraham Tovar

Terezín, explica el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos, cumplía tres funciones: 1) como campo de tránsito para los judíos checos que los alemanes deportaban a centros de exterminio, campos de concentración y campos de trabajos forzados; 2) era un gueto – campo al que las SS deportaron ciertas categorías de judíos alemanes, austríacos y checos según la edad, discapacidad por causa de servicio militar o por ser una celebridad local en las artes y otros aspectos y 3) para retener a los judíos de los grupos mencionados, pues se esperaba que las condiciones de pobreza aceleraran la muerte de los deportados, hasta que pudieran llevar a los sobrevivientes a centros de exterminio.

También tuvo una función de propaganda para los nazis porque públicamente indicaban que la deportación de judíos tenía como objeto su “reasentamiento en el este”, donde los obligarían a realizar trabajos forzados. La propaganda nazi describía a Terezín como una “ciudad balnearia’ donde los judíos alemanes ancianos podían ‘jubilarse’ con seguridad”, pero en realidad era una estrategia de engaño para ocultar que luego los deportarían para ser exterminados.

“No había cámara de gas —explica Freddy—. La gente donde yo estaba moría más que todo de desnutrición y enfermedades porque no había medicinas. Ahí empezamos a sufrir y tener miedo pensando qué iba a pasar. En una entrevista que me hicieron de un colegio de Maracay, me preguntaron si cuando yo sufría pensaba en la religión. Yo respondí que la religión nuestra era sobrevivir de un día a otro. ¿Cómo podía sobrevivir?”.

En Terezín, Schreiber tuvo como primer trabajo forzoso separar miles de vidrios según sus colores y luego por tamaños. El objetivo real, explica, era maltratar a los niños porque tras cada jornada quedaban con las manos heridas. Durante años Freddy soñó que tenía las manos ensangrentadas. Después lo obligaron a cargar tablas grandes en una carpintería, en un momento en que ya solían tener los dedos adoloridos por la esclavitud a la que eran sometidos. Luego trabajó en agricultura y, por último, estuvo en el crematorio, donde vio por primera vez a una mujer muerta cuando abrió una puerta que estaba obstruida.

“Nos teníamos que levantar a las 7:00 am, a las 7:30 am salíamos y trabajábamos como hasta las 6:00 pm o 7:00 pm. Nos dejaban descansar a mediodía como media hora o una hora. Los supervisores eran los kapos —prisioneros en campos de concentración forzados por los alemanes a realizar tareas de supervisión, por lo que contaban con privilegios como mejor ropa y más comida—, que a veces eran peores que las SS”.

Freddy cantó en el Orfeón Universitario, una institución esencial para su vida | Archivo Familiar

Mientras estuvo en el campo Freddy vio también qué es un verdadero amigo, pues considera que en los momentos malos es que se puede saber con quién se cuenta. Menciona en concreto un episodio relacionado con la comida. Para tres días solo recibían 400  gramos de pan y un pedacito de margarina, para dos personas entregaban una lata de pasta de hígado o algún tipo de salchicha y a mediodía les daban una sopa de lentejas que describe más bien como un agua gris. Un día, al terminar la jornada, Freddy tenía un hambre terrible y se le había acabado el pan. Un amigo, el político austríaco Rudolf Gelbard, fallecido en 2018, compartió su ración con él.

“Él después le dictó eso a un escritor para un libro. Lo único que no menciona, que se le olvidó, es que el pan estaba todo lleno de hongos. Cerca de nosotros había una estufa y ahí pusimos el pan para quemar los hongos. Esa es la clase de amistad que usted hace cuando está en la mala. Fue una amistad muy allegada, nos ayudamos el uno al otro”.

En el mismo campo conoció a Harry Osers, que sobrevivió tras pasar por Terezín, Auschwitz, Mauthausen y Gunskierchen, y reconstruyó su vida en Venezuela, donde se casó con la sobreviviente Dorit Weiss. Padres de Tomás Osers, presidente del Comité Venezolano de Yad Vashem, y Miguel Osers, miembro de la junta directiva de esa organización. “Harry Osers estuvo conmigo en el campo y ella también; la conocí en el crematorio, donde trabajó conmigo. Lo que pasa es que Harry después fue a Auschwitz”.

Antes de que los alemanes se vieran perdidos en la guerra, lo habitual en Auschwitz era que en la rampa se hiciera una selección entre los que iban a ser esclavizados y los que serían enviados a la cámara de gas, pero cuando estaba claro que no podían ganar, empezaron a dirigir a todos los prisioneros para ser ejecutados. Freddy en dos oportunidades estuvo a punto de estar entre los trasladados de Terezín a Auschwitz.

“Una noche entraron uno o dos SS con los kapos para decirnos que teníamos que irnos en el transporte. En un pasillo de tres o cuatro metros, en un salón enorme, el SS dijo ‘ustedes van, ustedes se quedan, ustedes van, ustedes se quedan’, a la ligera. Cuando llegó a donde estaba yo preguntó mi edad y mi mamá respondió que 12 años. ‘Usted se queda’, dijo. A mi lado había un amigo íntimo, él tenía quizás un año más que yo. ‘Usted va’, le dijo. Él fue a la cámara de gas y yo me salvé. A veces uno se pregunta por qué me salvé y el otro fue a la cámara de gas”.

El primer trauma de Freddy fue la Kristallnacht (Noche de los cristales rotos), cuando su padre fue detenido y su hermana obligada a limpiar calles con un cepillo de dientes | Abraham Tovar

Por eso cuando la gente le pregunta a Schreiber cómo se salvó, él responde: “Yo no me salvé. Dios fue quien me salvó. Nos salvó”.

El 7 de mayo de 1945 los kapos no fueron a buscar a los prisioneros para que fueran a trabajar. No sabían qué había pasado. Al día siguiente Freddy vio el primer tanque ruso. Meses antes, el 27 de enero, los soviéticos habían liberado el campo de concentración más grande y simbólico del Holocausto, Auschwitz, donde mataron a más de 1,1 millones de personas. En Terezín —donde de los más de 140.000 judíos que trasladaron cerca de 90.000 fueron deportados a otros puntos de la zona este— murieron unos 33.000 prisioneros.

En Terezín desconocían la existencia de las cámaras de gas hasta que llegaron los primeros cautivos provenientes de Las marchas de la muerte —transferencias masivas forzadas a otros destinos en medio del colapso de las fuerzas militares nazis al final de la Segunda Guerra Mundial: miles de personas morirían por frío, hambre, enfermedad o fusiladas por quedarse atrás.

“Al llegar la gente supimos que había cámaras de gas. El campo se llenó de piojos porque quienes vinieron estaban llenos de piojos. Había una epidemia de tifus terrible. La gente moría porque no había medicamentos”.

Al ver los tanques rusos supieron que estaban libres. Freddy sabía que sus padres estaban vivos. Alguien le dijo que los buscara en el área Q604. Él corrió hacia allá y, por fin, luego de casi tres años, pudo abrazarlos de nuevo. “No era una separación normal. No es como si yo hubiese ido a estudiar a Estados Unidos y me regresara, era el peligro. Gracias a Dios pudimos sobrevivir”.

Freddy dice con orgullo su número de cédula de identidad venezolana | Archivo Familiar

Regreso a Viena

Los rusos, como había mucho tifus en el campo, no los dejaron salir apenas fue liberado, pero en la segunda mitad de julio volvieron a Viena en un camión. El apartamento en que residían no se los devolvieron porque el nazi de al lado rompió las paredes y no había manera de quedarse. Una prima en la capital que había ido a buscar a su esposo, un partisano checo, les prestó su lugar mientras tanto.

Un día en el que Freddy fue al cine se topó con Sasha, un soldado ruso con el que hizo amistad tras la liberación de Terezín. Le explicó que no tenían dónde vivir y él lo ayudó a conseguir un apartamento. “Vino un día, montó a mi mamá en un Jeep y fue a donde estaban repartiendo los apartamentos que quedaron, porque Viena estaba toda bombardeada, igual que Alemania”.

Tiempo después, a pesar de que la guerra ya había terminado, el miedo entre su familia seguía. Tanto, que en septiembre de 1945, cuando empezaban las clases, Freddy iba a poner su nombre en la planilla, que de pila es Manfredo Schreiber,  y al llegar a la parte que decía “religión” llamó a su profesor para preguntarle qué poner porque sentía temor de escribir judaísmo. “Habían pasado meses de la guerra y todavía tenía miedo de decir que era judío. Él me dijo que pusiera judío y de repente todo el mundo sabía que era judío. Así de asustados estábamos todavía”.

Schreiber

Freddy llegó a Venezuela el 2 de enero de 1950, fecha que jamás olvida | Archivo Familiar

Viena, recuerda Freddy, estaba todavía llena de nazis y antisemitas, lo cual lamenta subrayando que incluso hoy día la ultraderecha está ganando en Alemania. Una tía que vivía en Venezuela le escribió a Lotte para advertirle de la situación y sugerirle que mejor vinieran a este país. Hicieron el papeleo, el 11 de diciembre de 1949 salieron de Viena en un barco y el 2 de enero de 1950 llegaron a Los Teques. Elfriede se casó con un estadounidense y se fue a Estados Unidos y Kurt regresó a la capital austríaca en 1948.

“Le digo una cosa: no llegué a Venezuela, no llegué a Caracas ni Los Teques. Llegué al paraíso. Venezuela era un paraíso. Nadie se imagina lo que es Venezuela. La riqueza de este país no es el petróleo ni el oro ni el platino, es el venezolano. Esa es su riqueza, lo digo muy en serio”.

Schreiber todavía recuerda que cuando los alemanes llegaron a Austria algunos de sus compañeros de la niñez lo maltrataron por ser judío y que cuando regresó de Terezín el antisemitismo se mantuvo. Había perdido la fe en la humanidad y creía que todo el mundo mentía, pues incluso hubo gente que no le reconoció que había sido nazi o que se inventaban que tenían alguna ascendencia judía. “Me preguntaba dónde estaban esos miles de personas, cientos de miles, que gritaron Heil Hitler! cuando Hitler llegó. ¿Dónde estaban? No tenían el carácter suficiente para reconocer su error. Los alemanes no, los alemanes dijeron que habían pecado y que debían pagar por sus pecados”.

Pero la música lo ayudó a renacer, así como lo sostuvo el canto en el que participó en la sinagoga en Austria. Un día pasó frente al colegio María Sifontes, en Los Teques, y escuchó gente cantar. Se asomó por la puerta y unos muchachos le pidieron que se quedara con ellos, pero Freddy les advirtió que cómo iba a cantar si ni siquiera hablaba español. No importa, le respondieron.

“Esos muchachos que me conocían desde hace dos meses me aceptaron como si hubiera crecido con ellos. Era una química que funcionó de inmediato. ¿Sabes quiénes eran? El Orfeón Universitario”. El coro, cuenta, iba dos o tres veces por semana a ensayar en Los Teques bajo la dirección del maestro Vinicio Adames.

Schreiber

En Venezuela, Freddy volvió a tener fe en la humanidad | Abraham Tovar

Esos músicos, afirma, le hicieron creer otra vez en la humanidad, despertaron su fe en la vida y fueron fundamentales emocionalmente para él, igual que lo ha sido Venezuela. Freddy no se dio cuenta en aquel momento sino años después, cuando alguien se le acercaba para decirle que había cambiado. “Lamentablemente sabes lo que pasó con el coro —se refiere a la tragedia de Las Azores, ocurrida el 3 de septiembre de 1976, cuando un avión en el que viajaba el Orfeón Universitario se estrelló y murieron 68 personas, Adames entre ellas—. Yo iba a esa gira, pero tenía un jefe muy bravo en una óptica y no me dejó ir”.

En Terezín les quitaron la personalidad para ser solo un número, que menciona de memoria: 1137. Ahora su número, que dice sonriente, es su cédula de identidad venezolana, que está por debajo de los 2 millones. “Aquí tengo otro número. Por eso agradezco tanto a este país. En ningún momento he pensado en irme”.


La de Freddy Schreiber es la tercera y última historia publicada por El Nacional a propósito de los 80 años de la liberación del campo de concentración de Auschwitz por las tropas soviéticas, el 27 de enero de 1945, fecha elegida por la Asamblea General de las Naciones Unidas como Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Le precedieron:

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