Por JUAN GUSTAVO COBO BORDA
Poética
¿Cómo escribir ahora poesía,
por qué no callarnos definitivamente
y dedicarnos a cosas mucho más útiles?
¿Para qué aumentar las dudas,
revivir antiguos conflictos,
imprevistas ternuras;
ese poco de ruido
añadido a un mundo
que lo sobrepasa y anula?
¿Se aclara algo con semejante ovillo?
Nadie la necesita.
Residuo de viejas glorias,
¿a quién acompaña, qué herida cura?
Retórica
Que tus errores no sean frutos del azar o del prejuicio
sino que tú los elijas
como quien elige su remordimiento
y el consiguiente castigo.
Y que conozcas, por fin,
tu íntima flaqueza y una abyección distinta.
Inútiles tus disculpas ante eso que aflora:
la cursilería, tan mal gusto.
Y que ojalá la libertad, arduamente conseguida,
te devore y te anule
concediéndote la dicha inadjetivable
de ser tú mismo
o sea nadie, nada;
apenas algo que se repite, y se repite.
Consejos para sobrevivir
I
Tu recuerdo me acorrala
y un animal, débil y acezante,
cura sus heridas con paciencia.
Me huelo buscando en mi piel
huellas de la tuya
y hay algo ciertamente espantoso
en dormir sin ti.
Repito,
un poco cansado de recalcar lo obvio,
que te quiero y ojalá nunca me olvides.
Pero esto es, o pretender ser,
un poema de amor.
Borra el énfasis,
diluye todo grito patético
y recuerda que la mayor sabiduría
consiste en desaparecer a tiempo.
II
Ahora, cuando mi vida
se parece cada vez menos a mi vida,
recorro las calles de piedra del pasado
y contemplo, turbio de asco e ira,
cómo todo se reduce a la muy larga torpeza
de incesantes comienzos.
Recuerdos enmohecidos, malas costumbres
y ese desasosiego que nos acoge
con rubor inevitable: la cobardía.
Repugnancia por días inmundos
y el seguir, con terquedad,
prisioneros de nosotros mismos.
Vieja y sagaz
la tristeza adivina nuestro único rostro valedero.
Entretanto, en el bosque nocturno,
el cadáver florecía de deseo.
Nuestra herencia
En verdad sólo los viejos odian con razón.
Sólo ellos han hecho el duro aprendizaje
de la trampa doméstica
Oponen así un aire paternal a la usura de los días
y logran llegar inmunes
al tumultuoso desorden de la fiebre,
la boca llena de flemas,
escupiendo sangre y maldiciones
mientras las visitas comienzan a retirarse, en voz baja,
y reanudan su charla en la habitación vecina:
pésames y condolencias.
¿Perdí mi vida?
Mientras mis amigos, honestos a más no poder,
derribaban dictaduras,
organizaban revoluciones
y pasaban, el cuerpo destrozado,
a formar parte
de la banal historia latinoamericana,
yo leía malos libros.
Mientras mis amigas, las más bellas,
se evaporaban delante de quien,
indeciso, apenas si alcanzaba
a decirles la mucha falta que hacen,
yo continuaba leyendo malos libros.
Ahora lo comprendo:
en aquellos malos libros
había amores más locos, guerras más justas,
todo aquello que algún día
habrá de redimir tantas causas vacías.
Ofrenda en el altar del bolero
¿Habrá entonces otro cielo más vasto
donde Agustín Lara canta mejor cada noche?
¿O seremos apenas el rostro fugaz
entrevisto en los corredores de la madrugada?
Aquel bolero, mientras el portero bosteza
y los huéspedes regresan ebrios:
aquel que habla de amores muertos
y lágrimas sinceras. Los amantes
se llaman por teléfono para escuchar
tan sólo su propia respiración.
Pero alguien, algún día, cambiándose de casa
encontrará un poco de aquellos besos
y mientras tararea:
Déjame quemar mi alma en el alcohol de tu recuerdo
escuchará una voz que dice: La realidad es superflua.
Salón de té
Leo a los viejos poetas de mi país
y ninguna palabra suya te hace justicia.
Ni nube, ni rosa, ni el nácar de tu frente.
El pianista estropeará aún más
la destartalada melodía,
pero mientras te aguardo,
temeroso de que no vengas,
Bogotá desaparece.
Deja de ser este bazar menesteroso.
Ni la palabra estrella, ni la palabra trigo,
logran serte fieles.
Tu imagen,
en medio de aceras desportilladas
y el nauseabundo olor de la comida
que fritan en la calle,
trae consigo algo de lo que esta tierra es.
En ella, como en ti, conviven el esplendor y la zozobra.
El 25 de febrero de 1984, siendo las seis de la mañana, Aurelio Arturo se me aparece en Buenos Aires
Tú estás muerto pero sobreviven los versos.
La ciudad que fue la tuya quizás también esté muerta.
¿O acaso Bogotá continúa en un inhóspito juzgado;
en un encorbatado oficinista
que toma tinto y lee El Tiempo?
Tu amistad, que conmigo fue buena,
no requiere de anécdotas.
Sobrevive en la alta prosodia
con que soñaste un país verde.
En el gesto, casi negligente, con que pusiste,
sobre la página en blanco, “lunas de cáscara de huevo”.
Ciertas gentes que como tú en la luz se desvanecen.
Lo dice Bergamín: Poesía es convertir
un momento histórico
en un instante eterno.
Bajo tu ancha sonrisa de seguro alentaba el mal genio
–esas cosas se advierten–
pero me aburre intentar tu silueta.
Corbatín, sombrero y chaleco: viejos tiempos.
No fuiste guía ni estrella
pero nos enseñaste a callar a tiempo.
Lejos de minucias estériles continuabas leyendo.
No citaré tus poemas.
No los usaré en contra de los necios.
Sin tener a mano tu poesía, te veo en sueños.
Borges sueña el otro descubrimiento
La runa es una huella
sobre la superficie de la tierra.
Siémbrala con palabras
que sean granos de centeno, ajonjolí o avena,
Semillas más duras que la muerte.
De allí brotan las diosas
y con leve pie
salpican de girasoles
todo cuanto tocan.
Los héroes, dorados al fuego,
llenan de brío
la página ruda como cuero de carnero.
Por ello, entre hielos,
barcos daneses descubren América
Eric el Rojo, con espada de hierro,
trae un sol anterior a Dios.
Pero también el olifante
para beber un arroyo de lúpulo
o convocar a la guerra.
El largo cuerno, de toro o reno,
anuncia invierno o primavera
pero el otoño es tiempo
de amarillos pergaminos
con sus trazos elocuentes
y su caligrafía de erguidos árboles verbales.
(Sólo que ese dibujo de conceptos
se ve salpicado por diminutas hojas verdes.
Lenguas que vibran impacientes
caldeando el vaho de una boca
al exhalar el poema).
Antes que las naves,
la imaginación toca tierra.