TEODORO PETKOFF, POR VASCO SZINETAR

Por TEODORA PETKOFF KATSAROVA

Para mí es un honor y un gran compromiso intervenir en este acto, después de un hombre sabio, valiente y respetado como el presidente Felipe González. Es ahora cuando tengo la oportunidad de expresarle mi admiración por el extraordinario gesto de haberle llevado a Venezuela en junio de 2015, el Premio José Ortega y Gasset, que le había sido concedido a mi padre por su Trayectoria Periodística, dos meses antes.

A él y a los amigos que tras bastidores movieron los hilos para que se diera aquella breve fuga hacia la libertad, por el apoyo a la desigual lucha de mi país, y por la esperanza para un hombre que sentía menguadas sus fuerzas para seguir llevando los suyos a salvo en ese oscuro año, y a todos los que acompañaron a papá, empeñados celosamente en “cuidarlo sin que él se diera cuenta”, gracias.

Los suyos

Si ustedes están congregados aquí hoy, es porque también tienen una anécdota, una huella que mostrar, un instante, o un camino largo que compartieron con Teodoro Petkoff. Pudiese ser un hermoso sueño recopilar las experiencias y los recuerdos que a todos nos dejó el tiempo que nos tocó vivir junto a él.

Son innumerables las personas que a lo largo de los años se han acercado y me han preguntado: “¿Petkoff? ¿Tú eres familia de Teodoro?”, y acto seguido me han contado lo que recuerdan tan vívidamente.

La inevitable pregunta solía ser: “¿Y tu papá qué dice de eso?”, como si a través de mí él se convirtiese en el “interlocutor” personal de los venezolanos que hablaba siempre “claro y raspao». «¿Pero qué les dice él a ustedes en la casa?”. Y mi respuesta no podía ser sino: “Lo que publica en Tal Cual”.

Mi padre

Me siento convocada por el libro sobre Checoslovaquia, porque viví lo que en él se denunciaba. Esta es la relación más inmediata que tengo con mi papá: soy “la hija búlgara de Teodoro”.

Nací en abril de 1968 en Sofía, Bulgaria, en la mitad de un periodo de inflexión y bifurcación en el camino de la izquierda en Venezuela. Un tiempo que correspondió al reconocimiento del fracaso de la lucha armada y, en el ámbito internacional, a la invasión soviética a Checoslovaquia.

Papá protagoniza el cisma del partido comunista venezolano y funda un nuevo partido, con lo cual se abren las posibilidades de una vía para el socialismo en democracia. Y es también el hombre que argumenta la inviabilidad de la Unión Soviética y predice su derrumbe.

“Checoslovaquia…”

Algunas páginas del libro comienzan a escribirse durante un breve exilio búlgaro de papá en 1967, después de su fuga del Cuartel San Carlos. Recogen sus reflexiones ante los problemas que atraviesa el movimiento revolucionario venezolano, acompañadas por observaciones sobre las incongruencias en la conducción de los países socialistas “adelantados” que su pensamiento honesto no se permitió soslayar.

Entonces fue recibido con honores de héroe por el Partido Comunista de Bulgaria. Solo se queda en la patria de su padre y sus abuelos alrededor de medio año. Al comenzar 1968 ya ha regresado clandestinamente a Venezuela, donde se esfuerza por convencer a sus compañeros que es hora de poner de lado los dogmas e incorporarse a la vida y la lucha democrática.

Mientras, para dar más razón a la profunda transformación que ocurre en sus ideas sobre los caminos del socialismo, en agosto de 1968 la URSS invade a Checoslovaquia. Los tanques aplastan la Primavera de Praga y papá termina de escribir el libro. Fue publicado en Venezuela en septiembre de 1969.

Uno de los ejemplares de la primera edición tiene una dedicatoria que significa mucho para mí. Dice: “Para Nina (y para Tea) por tantas cosas a tres años de nuestro verano”. Nina es mi madre. Así queda documentado con fecha el nuevo paso del autor por Bulgaria, en julio de 1970.

Regresó a Bulgaria para conocerme y encontrarse con su hermano Luben. Quizás también para tomar, de primera mano, la temperatura en el Comité Central del PCB después del sismo ocurrido en Checoslovaquia. Intentó varias veces reunirse con ellos, infructuosamente: se había convertido en un hereje.

En mi álbum familiar existen tres fotos de un paseo por la montaña Vitosha, cercana de Sofía, como lo es El Ávila en Caracas. Están papá, mi tío Luben y mi mamá. Es ella quien toma las fotos que atestiguan una larga conversación entre los hermanos. Los dos avanzan, cada uno a un lado del camino de tierra que se pierde en el horizonte. En este momento la política y la familia se entremezclan.  El primer y más importante compañero al que papá tiene que convencer de sus razones es su hermano, tan compenetrado y entregado a la revolución como él.  Es imposible hablar de papá y no hablar de mi tío Luben: hablar del socialismo y no hablar de la familia entera.

Papá es al pensamiento como su hermano es a la acción. Cada uno sabe atraer al otro a tierra, cada uno protege al otro bien de su temeridad, bien de su ingenuidad. Tienen mucho que discutir en su encuentro.

La noticia del libro Checoslovaquia: el socialismo como problema ha atraído la atención de Brezhnev, jefe máximo del movimiento comunista mundial. Él no ignora que papá es aquel comunista venezolano quien, en 1967, después de haberse fugado del Cuartel San Carlos, se rehúsa a recibir asilo en la URSS y usa como coartada sus nexos familiares en Bulgaria para seguir una línea propia.

La suya no es la única voz que acusa la acción imperialista de la URSS, pero surge desde el seno de un partido comunista clave para la esperanza de la URSS de introducir su influencia en América Latina. Entonces Moscú declara a papá, “gran peligro para el socialismo”. A esta execración se unen disciplinadamente los partidos comunistas de todos los países bajo su influencia. Bulgaria acata la línea. Papá ya no puede ni acercarse al Comité Central, los que antes lo celebraban ahora le sacan el cuerpo. El capítulo de los patriotas venezolanos con sangre búlgara se archiva.

En saldo, los hechos que papá protagonizó: el final de la guerrilla, el análisis de la asfixiante política soviética y la propuesta de un socialismo democrático alejaron por esta vez la suculenta oportunidad que se había abierto para el totalitarismo soviético —a través de la relación con los cubanos— de entrar por costas venezolanas en América Latina.

En el plano personal, mi papá escribe una carta a Nina, para convencerla de irse a Venezuela. En Bulgaria mi mamá lo piensa largamente y llega a la conclusión que no debe contestar.

La bicicleta

Mi infancia, hasta los nueve años, transcurre protegida y tranquila, pero en ausencia de papá. Y con su añoranza.

Llego a conocerlo en 1977 cuando, como delegado venezolano a una reunión de parlamentarios del mundo que se lleva a cabo en Sofía, papá usa su circunstancial inmunidad diplomática y logra burlar la prohibición de entrada a Bulgaria y para encontrarme y para enseñarme a montar bicicleta. Son muy contados los días y de nuevo tiene que desaparecer.

Debo contar que, muy poco tiempo después de esta visita, en la televisión búlgara transmiten (o repiten) una película soviética del director Vytautas Zalakevicius, de 1972, Esta dulce palabra libertad, que trata sobre la Fuga del Cuartel San Carlos. Ambientada en un imaginario país latinoamericano, se filma con generosos detalles por un cineasta que ha oído la historia y probablemente conozca a alguno de sus protagonistas. Al final, para armonizar con el concepto de “persona non grata”, sin embargo, el personaje inspirado en mi papá (un parlamentario que viste, luce y habla exactamente como él), al salir del túnel por el cual se escapan en vez de escribir un libro sobre Checoslovaquia muere de un ataque al corazón.

No quiero decir con esto que todo el Estado búlgaro se involucra para convencer a una niña de que su papá ya no vive. Pero el mensaje a los búlgaros, que en aquel momento pudieron haberse enterado de la irreverente visita y las clases de bicicleta, en claro idioma totalitario se da a entender que aquí todo va a seguir igual. ¡Murió!

1984  en 1985

Entre 1978 y 1984, de la gloria a la agonía, me ajusté a la narrativa de que papá había muerto. Entonces, porque el destino lo quiso así, una tarde en un escritorio que compartía con mi mamá, y gracias a que ella había olvidado guardar la llave de sus gavetas, encontré el libro Checoslovaquia… y debajo varias cartas viejas, algunas escritas por ella y no enviadas, otras de mi abuela Ida y otras de mi papá.

Lo que no me atrevía a preguntar había permanecido en mis narices, en esta gaveta, todo el tiempo.  Me envalentoné y escribí una carta a papá, a la dirección que aparecía en la mayoría de los sobres, El Bosque, Caracas, Venezuela, y sin darme tiempo siquiera de reflexionar si estaba mal o estaba bien, la puse en el buzón del correo.

¡Dos meses después recibí la respuesta, y qué respuesta!

Este año ocurrió el milagro de mi vida. Conocería a papá de nuevo y por primera vez. Conocería a mi increíble familia venezolana, el clan Petkoff, como él nos llamaba:  siete hermanos, siete primos, que crecieron en número con los años. Y conocería a Venezuela.

Ahora yo tenía 17 años y él era un hombre público que constantemente recibía llamadas, se quedaba hasta las madrugadas golpeando las teclas de su máquina de escribir y su cara estaba en las portadas de las revistas. Nos habíamos visto tan pocas veces en la vida, sabíamos tan poco el uno del otro. En una conversación le pregunté si seguía o no siendo comunista. Él me recomendó de su biblioteca el libro 1984. En aquellos días el libro, con su atmósfera gris y opresiva, no me pareció demasiado interesante. Curiosamente, no identifique nada que me recordara a Bulgaria, aparte de la palabra IngSoc. Quizás él hubiese preferido que leyera de una vez a Checoslovaquia… pero todavía no hablaba español.

Como reflexión muy posterior puedo decir que uno no siente la falta de libertad cuando crece sin ella. Intangible, como todo lo esencial, es necesario desarrollar el sentido para la libertad.

Volver a ser libre es un doloroso proceso y algunas cicatrices del cautiverio se abrirán, sin avisar, aun después de décadas.

Cuando en Venezuela perdimos la libertad y comenzaron a aparecer los ojitos de Chávez en las fachadas de los edificios, los eslóganes intransigentes que nos conminaba a uniformarnos o morir, y nos tapiaron las montañas de carpetas marrones con hojas foliadas, recordé aquella primera lectura de 1984 que hice en 1985.

Papá no quería perder ni un solo instante para enseñarme a vivir en libertad. Su pensamiento lo llevaba a decir y hacer cosas proféticas.

El sueño

Durante este inolvidable y breve agosto sentí que papá también quiso que me sintiera dueña de su increíble país; lo conocía, lo amaba y me lo regalaba para que también fuera mío. De un viaje, al cual nos llevó a mis dos hermanos menores y a mí, atesoro todas mis posesiones. Su mano en el volante y su perfil manejando callado.

Agua transparente de mar con sombras de manglar y cocotero y cataratas de estrellas que se dejan tocar con la mano en Morrocoy. Frailejones en la niebla de Los Andes, una capilla hecha de piedra y un trozo de cielo azul visto por la mirilla de un telescopio. Aire caliente del Sur del Lago con sabor de azúcar y aroma de petróleo, una tierra negra y aceitosa que esconde debajo el oro negro y sostiene arriba ranchos de cartón, donde corretean niños desnudos y barrigones; poderosas torres de metal que surgen de las aguas; el puente de Maracaibo que era el más largo de mundo y al cruzarlo se podía llegar a la Laguna de Sinamaica para navegar entre los palafitos y medir la eternidad con los indígenas. Cardones a los lados de la carretera, cielo violeta sobre un mar de azul muy oscuro, Los Médanos de Coro, una ciudad de casas largas y blancas, llamada La Vela.

Y en todas partes caras sonrientes y bienintencionadas, amigos que nos recibían y agasajaban como príncipes.

De vuelta a Caracas: Sabana Grande con las tiendas lujosas y las cafeterías bajo las sombras de los árboles, el tablero de ajedrez gigante de Chacaíto, el Palacio del Congreso, Las Torres del Parque Central, el Metro con su aire fresco, las lluvias torrenciales en la tarde, los senderos selváticos del Ávila, la llegada de la noche desde la Cota Mil.

Lejos me siento nostálgica cuando pienso en estos lugares y calles, en todos estos nombres, en las ranitas coqui por las noches, en la brisa que mueve las ramas de los jabillos, la luz de la mañana que es brillante y vaporosa y en cómo vibra el aire sobre la avenida Libertador.

En el verano de 1985 me enamoré. De una sola vez recibí tanto, en imágenes y colores, sonidos, palabras de cariño, melodías, aromas y sabores, abrazos, compromisos y planes, belleza y bondad. Me di cuenta que tenía un lugar de salvación y felicidad en el mundo, que me pertenecía y al cual iba a pertenecer por siempre. ¡Estaba libre de irme o volver a él cuándo quisiera porque… era libre!

Mi enamoramiento de Venezuela se hizo más grande y profundo con los años. Quiero agradecerles a ustedes que son venezolanos. En ustedes mi papá ha dejado pedacitos de su alma. Venezuela es mi papá ahora. Por eso quiero verla libre y quiero a mis amigos felices y prósperos. ¡Libres!

Por último, quiero citar una línea de la carta que recibí de papá en respuesta a una mía: «Toda mi vida he luchado por la libertad y la justicia. Hace varios siglos la Iglesia Católica torturaba y quemaba vivos a quienes consideraba ‘herejes’, que en definitiva no eran sino aquellos que con su propia cabeza hacían girar el mundo”.


*Teodora Petkoff Kasarova es odontóloga. Tiene una hija: Julia. Desde 2022 vive nuevamente en Bulgaria.


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