Escribo hoy domingo 7 de julio de 2024 esta columna que el diario El Nacional me asignó y que sale los días miércoles, faltando muy pocos días para la celebración de las elecciones del 28 de julio, y de entrada diremos que el país ni nace ni muere en ese evento electoral, ello no implica restarle importancia a dicha elección que sin dudas sus resultados marcaran la posibilidad de un cambio.

Lo cierto del caso es que todos los venezolanos estamos convocados a dicha elección que de paso no cuenta con todas las garantías electorales ni las esperemos. Tenemos una obligación de participar y expresarnos aquellos que consideran que están de acuerdo con las ejecutorias, decisiones y resultados de la llamada revolución bolivariana y la gestión del presidente Maduro pues voten, aquellos que estamos en desacuerdo como ha retrocedido el país en todos los órdenes votemos.

No soy dirigente político ni tengo membresía política en ninguna organización política, de tal manera que como venezolano sólo me corresponde votar y eso es lo que debemos hacer los venezolanos. Tener claro el papel estelar del voto como el fusil que tenemos los demócratas que nos permite premiar una gestión o en su defecto cambiarla.

No requerimos escribir una tesis doctoral en derecho, economía, ciencia política, medicina u otra ciencia o disciplina para concluir el gran retroceso que el país y los venezolanos registramos a largo de estas dos décadas y media. Los daños se producen por acción y por omisión y no tiene mucho sentido mirar al pasado para significar que un grupo numeroso de venezolanos votó por Hugo Chávez en diciembre de 1998, otro sector de la población votó por el exgobernador del estado Carabobo, Henrique Salas Römer, y finalmente otro sector se quedó en su casa y no participó en dicha elección.

Los venezolanos no podemos ser indiferentes frente a tantos desmanes, frente a la destrucción de nuestras industrias, campos, universidades, economía, empresas básicas, infraestructura, frente a los daños que nuestra población ha tenido en términos de salud, empleo, servicios públicos, educación, seguridad y demás, y repito los daños se producen por acción y omisión.

No hay manera de justificar el retroceso que este país generoso, grande, variopinto, pleno de recursos naturales, petróleo, gas, minerales, ríos además del talento humano exhibe y es tal el retroceso que tenemos 8 millones de almas, 8 millones de compatriotas que se fueron y conforman uno de los mayores éxodos y diásporas a nivel mundial junto a Siria.

Hace dos años en este mismo espacio escribí mi columna intitulada en ese momento “La Venezuela perdida” donde hoy rescato estos párrafos, una suerte de retrospectiva de una Venezuela que se nos escapó o dejamos ir, ideas sueltas para la consideración de los lectores en un clima de tolerancia, reflexión y amplitud.

La Venezuela que recuerdo es la de cualquier colegio, liceo, kinder, unidad educativa, grupo escolar y por supuesto grandes universidades, donde no sólo teníamos buena educación, educación de excelencia, maestros y pedagogos que no sólo formaron o preformaron grandes profesionales sino seres humanos y ciudadanos educados, ponderados, plurales, respetuosos sin importar el status, clase social o adscripción político partidista.

La Venezuela que recuerdo es una Venezuela incluyente y plural, éramos un solo país, Venezuela era única porque en la mesa del almuerzo o del dominó o en una reunión de cualquier tipo éramos ante todo “personas”, “seres humanos”. De tal manera que en la misma mesa en una partida de dominó, o en misa o haciendo mercado, o en una cola exclusivamente para votar (recuérdese que en Venezuela en décadas la única cola que se conoció y experimentó fue la de votar, del resto no se recuerda ninguna cola o fila para un fin distinto al de ejercer el derecho a voto y este 28 de julio sin duda las colas serán largas) estaban el adeco, el copeyano, el comunista, el masista y jamás la diferencia político partidista implico odios, revanchas, afrentas, como dice el viejo adagio popular todos comíamos en el mismo plato, de tal manera que había cordialidad, respeto, civismo y venezolanidad.

La Venezuela que recuerdo es de abundancia no sólo grandes supermercados, sino que en cualquier abasto o bodega más humilde y modesta de cualquier barrio o caserío de Venezuela usted conseguía por ejemplo, si se trata de leche en polvo Klim, Camprolac, Reina del Campo, La Campiña; si era de jabón de tocador había un dilema por los estuches de tres, media docenas o individuales y precios de marcas como Safeguard; Monclear, Banner verde, Camay, Jhonsons, Protex. En el terreno de las pastas no dentales sino alimenticias la cosa era más compleja y no olviden que Venezuela fue per cápita el mayor consumidor de pasta en el siglo XX incluso superando a la propia Italia, eran normal en el estante ver marcas como Sindoni, Ronco, Eduardo, Capri, Milani, tanto pastas de sémola durum de gran calidad largas y cortas, entre ellas vermicelli, linguini, tagliatelli, espaghetti, farfalle, tortelinni, pasticho, pastina, pudienso optar por pastas normales o sencillas o aquellas especiales como pasta al huevo o con espinacas por ejemplo.

La Venezuela que recuerdo es del colegio, es de las loncheras y meriendas, nos sólo un sándwich de queso amarillo y jamón de pierna (Oscar Mayer, Plumrose, Louis Rich, la Monserratina y otros), jugos de todos los sabores y presentaciones, alguna fruta no sólo nacional sino importada, y por supuesto alguna golosina, un Carlton, un Miramar, una fruna o un chocolate Cricri, o incluso Milky Way) en el recreo se compartía, siempre sobraba y si faltaba bastaba sacar un fuerte (una moneda de 5 bolívares) para prácticamente comprar lo que usted quisiera en la cantina.

La Venezuela que recuerdo es un venezolano humilde estudiando con sacrificio formado con excelencia para luego trabajar en el sector público o privado, una Venezuela donde estudiar era un valor y donde ese profesional por esfuerzo propio o incluso todo aquel que no había podido estudiar, pero igual trabajaba o manejaba un oficio podría crecer, consolidar una familia y demás. Estamos hablando de la Venezuela de grandes carritos de supermercado, no recuerdo cestas ni mucho menos gente dejando los pocos productos en las cajas por no tener como pagarlos como ha ocurrido en estos años. Pero más allá de la abundancia y ofertas que las habían por doquier, daba gusto entrar a un CADA, un Prica, un Central Madeirense, un Aranzazu, luego vendrían los Excelsior Gama, los Makro, en ellos se podía almorzar, desayunar o tomarse un café y un postre, mientras usted iba recorriendo las etapas o departamentos de carnicería, pescadería, charcutería, panadería, perfumería, licorería, herramientas y otros. Habían sueldos dignos, había poder adquisitivo, había capacidad de ahorro entre otros.

En esa Venezuela que fue tierra de gracia y describo literalmente encontrábamos de todo, en las bombas o estaciones de servicio jamás una cola, y había gasolina de cuatro octanajes 83, 87, 91 y 95 octanos y aceite del que quisiera. En términos de salud las estadísticas hablan por sí solas, bajísima mortalidad infantil, altas expectativas de vida, salud preventiva y curativa óptima, fuimos de los primeros países en erradicar la difteria, el mal de chagas y paludismo sólo por señalar.

En esa Venezuela que fue tierra de gracia que intento describir o caracterizar no sólo repito había abundancia, no había inflación, había poder adquisitivo, pero sobresalían los valores, el respeto, nuestra industria nacional daba gusto, no sólo cubríamos nuestra demanda nacional sino exportábamos de todo, desde mangos, carne, luz eléctrica, pasando por autopartes, pastillas de freno Mamusa o ultra, medicamentos, algunos equipos, en esa época que no es tan distante, debo recordar el venezolano nunca fue extranjero, salíamos a estudiar, a pasear o algunos a alguna operación a Houston del resto no nos movíamos del terruño.

Esa Venezuela que fue tierra de gracia la perdimos, se esfumó o sencillamente se desdibujó; hay que parirla de nuevo, hay que buscarla, hay que construirla cada día, en cada acción, con el concurso de lo público y lo privado, pero fundamentalmente con el concurso de todos los venezolanos. Todos juntos debemos sumar, el país requiere como nunca antes de mucho trabajo, disciplina estudio, sacrificios, esmero, reglas de juego, Estado de derecho, educación, inclusión, tolerancia, respeto. La Venezuela actual requiere sinceridad, requiere asumir las carencias y las fallas, requiere un ejercicio de cordura y amplitud mas no de impunidad en lo que ha sido la manera de saquear y destruir patrimonialmente al país en estas dos décadas y media, esa Venezuela como tierra de gracia que hemos tratado de dibujar de abundancia, de grandezas, de paz, emprendimiento y oportunidades la tenemos a la vuelta de la esquina en la medida en que asumamos los errores, rectifiquemos y volvamos a ser el país de mayor calidad de vida, institucionalidad democrática y gentilicio en toda América Latina.

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