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Un ministro contra la realidad

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Héctor Rodríguez volvió al cargo de ministro de Educación a finales de agosto del año pasado, antes lo  había ejercido entre enero de 2014 y septiembre de 2015. Es uno de los pocos rostros jóvenes en el liderazgo oficialista. Su nombre sonó, tras bambalinas, como una alternativa a Nicolás Maduro. Pero no mordió ese anzuelo, en un momento (2023) en que el chavomadurismo enfrentó un descalabro con la caída de Tareck el Aissami y la consiguiente “limpieza” puertas adentro.

Rodríguez ha ocupado un sinfín de responsabilidades burocráticas desde que Hugo Chávez lo nombró en 2008 ministro del Despacho de la Presidencia. Tenía apenas 26 años. Su actual responsabilidad al frente del Ministerio de Educación es una papa caliente: la escolaridad es de poco más de 60% de la demanda potencial, la infraestructura escolar da pena y los maestros se acogieron al denominado horario mosaico que les permite tomar días de su jornada para emprendimientos propios y de esa manera intentar mejorar los miserables salarios que perciben como docentes.

El ministro se fijó cinco objetivos para su gestión: 100% de escolaridad, una meta tan ambiciosa como irreal; acabar con el horario mosaico, que el propio Ejecutivo auspició ante la imposibilidad de aumentar los salarios de los docentes; garantizar la asistencia de todos los maestros a las aulas, cuando no hay suficientes, porque muchos se fueron del país y la carrera de educación es una opción en declive total en las universidades; actualizar los programas educativos y, por último, promover el liderazgo dentro de la dirección de cada institución escolar pública. 

En un video reciente que circula por las redes Rodríguez pide a la gente de su propio partido que saque a las escuelas de la lucha política entre tendencias, que se disputan los cargos de dirección en las instituciones públicas. Admite que la gente que designó para tales funciones no está formada, pero que necesitan tiempo para ganar experiencia y que la academia les brinde la técnica que requieren. Ese es el quinto de los objetivos que se propuso, clave sin embargo para la gestión educativa. En principio, más razonable de cumplir que cualquiera de los tres primeros objetivos, pero aún así es un camino empedrado. 

¿Podrá avanzar Rodríguez en alguna de las otras metas que se propone? La escolaridad mejoró en términos absolutos en 2023 (según Encovi) para acercarse a los niveles de prepandemia. Pero, ¿cómo volver a llevar a los maestros a las aulas sin que les atiendan sus justísimos reclamos de remuneración? ¿Cómo garantizar docentes para todas las materias y evitar que se promuevan alumnos de año sin cursar asignaturas vitales? Y no se está hablando de la calidad de lo que se enseña, solo que haya clases: a esa situación ha llegado el sistema educativo público en Venezuela.

Desde el mundo privado hay propuestas para recuperar la escolaridad y mejorar la formación. El ministro Rodríguez las conoce. ¿Pudiera ser él un vocero público a favor de un cambio en la educación que suponga un acuerdo nacional ante una emergencia de este tipo? Lo contrario será tropezar con las mismas piedras y los perdedores serán los niños y adolescentes venezolanos. El futuro, ministro. (Rodríguez es coordinador del Movimiento Futuro).

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