Puente japonés, Claude Monet, 1896

Como una promesa solar, contra todo pronóstico y ante cualquier otra barbaridad, cada vez estoy más convencido de que la renovación del país, la exuvia que nos toca, la eclosión que ya estamos viviendo tanto en Venezuela como en el resto de esta depauperada región nuestra, pasa por la poesía y las artes, por la literatura y el afinque de los cueros en armonía con todos los demás instrumentos posibles de conseguir en una orquesta sinfónica (mestizaje y belleza en concordia. Es decir, cosmopolitismo). Verbigracia, la reposada y enorme alegría, el orgullo colectivo que ha despertado en todos los paisanos y paisanas del orbe, el reciente otorgamiento del Premio Cervantes a nuestro querido poeta Rafael Cadenas. Un premio que todas y todos hemos celebrado como un coro que canta desde la unión, desde la armonización, desde el apego, desde los afectos.

Conny Méndez escribió alguna vez una feliz canción titulada: “Venezuela habla cantando”. Su canción, como las de Luis Mariano Rivera, el Tío Simón, la Billo’s, la Dimensión Latina, Los Amigos Invisibles, Desorden Público o C4 Trío, están en nuestro ADN y -como ya nos lo dijeron algunas veces los hermanos Nazoa-  definen una risueña forma de andar por el mundo incluso ante las amenazas de los perversos, los golpes de la vida y las miserias humanas, porque es que “el que nace en Venezuela ya lo vamos preparando. Al decir venezolano ya lo dice uno cantando; el secreto, compañero, es algo muy personal: que arrullamos a los niños con el Himno Nacional”.

Y, hoy día, ese Himno Nacional se ha ido regando como la verdolaga por el mundo entero… Es verdad que hay unos individuos que han ido a fastidiarle la paciencia a los anfitriones en algunos países ¡Qué vergüenza, caray! Pero también es cierto que somos más quienes, estando afuera, procuramos y logramos hacer trabajos, estudios, tareas y oficios con la mayor solvencia, la mejor actitud de servicio y la más sabrosa gratitud ante quienes nos sirven de nuevas y nuevos compañeros en el viaje de la vida. En todo caso, es un hecho que nuestras familias se han dispersado, se han fracturado o se han distanciado forzosamente con las consabidas tristezas, los largos guayabos, los insomnios perennes, las preocupaciones por quienes se han quedado dentro del país, las nostalgias hasta por los sonidos de la patria que, difícilmente, se encuentran en otras: unos grillos y unos sapitos nocturnos, unas chicharras cantoras, unas voces de lavandera en algún río de algún pueblo de nuestra amada provincia.

Gracias a todos los inventos contemporáneos, más temprano que tarde hasta podremos presenciar el portento de la teletransportación. Mientras llega ese momento, llamadas van y vienen, mensajes de texto vuelan por el ciberespacio, encuentros fugaces se realizan con rapidez asombrosa entre un continente y otro… Se entera uno de las altas y bajas, así como de las buenas nuevas de las hijas y los hijos distantes, de las nietas y nietos nuevos con los que la vida nos premia.

Es el caso de Dionisio, quien ahora goza de la presencia de una nueva hermana llamada Gloria a quien queremos por control remoto y a corazón que llora de alegría. La maestra de la escuela de Dionisio, allá en Inglaterra, les invitó en el salón a contemplar el Puente japonés de Claude Monet y que luego hicieran una descripción de la pieza impresionista… Dionisio, quien siempre nos ha sorprendido con su aguda capacidad de observación, sus habilidades de futbolista y su porte de niño contemplativo, escribió su texto en inglés y así lo tradujimos: “El arco iris, reluciente en el cielo, brillando como una vela… Las hermosas aguas radiantes, las hojas arremolinándose en los árboles… El lirio se encuentra con la hermosa cascada donde las flores tropicales se asoman entre los árboles”.

Por supuesto, el niño ha hecho una descripción poética, hermosa y potente que nos gusta doblemente por haber sido hecha por un niño que además es nieto. Asombran las palabras y esa capacidad de mirar y nombrar, propia de todas las niñas y los niños, de los seres humanos, pues… A los siete años, creo recordar que detecté en mí una cosa parecida… Hay un momento en la vida, probablemente a los siete años, cuando estamos más propensos a epifanías como estas que Dionisio nos ha regalado. Es algo que he podido ir corroborando en mis recurrentes encuentros con niñas y niños propios y extraños. Es un momento en el que se alinean lo que se piensa, con lo que se observa, con lo que se siente y se expresa.

Atento a tan milagroso fenómeno, he podido seguirle la pista desde la observación participante en mis talleres con personas de distintas edades. Talleres de teatro, de música, de radio o de poesía donde la persona alcanza una tal zona de confianza en sí mismo, una zona de tal determinación que la expansión del ser ocurre como quien corre por un paisaje querido sin ir hasta ese sitio. En tales condiciones de estos talleres de artesanía física, mental y emocional, ocurren crecimientos, eclosiones, epifanías, escritos y dibujos, poemas lúcidos y hasta translúcidos…

Nuestros sistemas educativos se ocupan de ir conduciendo al individuo como a una “especie de seriedad”, a una visión homogeneizante y homogeneizada del ser, quien al llegar a la adultez, se transforma en una persona ajena y distante de ese que alguna vez escribió maravillas a los siete años, de ese que escribió un poema epifánico… ¡Atención! ¡Mosca! Porque a esas alturas, metidos ya en los sistemas de producción y hasta de reproducción, el individuo ha sido cooptado y convertido en una pieza más del engranaje, en una bisagra o un perno más de un juego social perverso, “serio”, donde se ha olvidado la posibilidad de generar a la persona, de ser persona y que el alma vuele, entre y salga a la llama de una vela como lo hace un arcoíris.

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