Uno le tiene mucho respeto a Von der Leyen, la burócrata alemana de derechas, que en realidad es de izquierdas, situada al frente de la UE. ¿Cómo no prestar atención a lo que dice Ursula Gertrud si en solo cuatro años ha logrado cepillarse la primera industria europea, la de la automoción, gracias a un rigorismo climático histérico que ha entregado nuestro mercado en bandeja a los taimados chinos, pues primero nos fusilaron nuestros secretos industriales y ahora nos barren con su dumping?
Ursula Gertrud ha dado orden de que nos pertrechemos para una posible guerra en Europa. Cada hogar debe contar con un «kit de supervivencia» que permita sobrevivir de manera autosuficiente durante al menos tres días. Es una de sus mayores contribuciones desde lo del odioso taponcito pegado a la botella.
Como europeo obediente, lo primero que he hecho este sábado es repasar la nevera y el mueble de la cocina, a ver si podemos resistir de forma autónoma las 72 horas establecidas por Bruselas.
Veo que contamos con cuatro latas de sardinillas y otras tantas de atún, un paquetón de arroz basmati, un par de botes de espárragos (navarros, por supuesto), un paquete de pasta, dos de salmón, una caja de tomates cherris, un montón de uvas, kiwis, manzanas y plátanos, una lechuga tocha a medio atacar, lonchas de pechuga de pavo, un bollo de pan cortado en tostadas, dos kéfir y cuatro yogures pijos. También veo dos tubos de Nespresso y un par de cartones de leche (gallega, of course). Por último diviso al fondo de la despensa una bolsa grande de patatas Bonilla, que lleva ahí tanto tiempo que semeja un resto arqueológico (aunque me imagino que ante la gravedad de la crisis habrá que fumarse las fechas de caducidad). En fin, que lo que tenemos no es que sea precisamente la despensa del Titanic, pero imagino que podríamos sobrevivir los tres días.
Para hidratarnos constato que disponemos de unos seis litros de agua conquense de Solán de Cabras, que se reducirán a la mitad si tenemos que lavarnos por parroquias recurriendo a ella. Además, ¡aleluya!, hay una botella de champán fino, dos botellas de tintorro macanudas y tres quintos de cerveza Alhambra. Todo este morapio hemos decidido reservarlo para darnos a la bebida si en el fragor de la crisis bélica el régimen decide torturarnos con furgonetas con megafonía ofreciendo por las calles mensajes de Peter a la nación encerrada (y es que todavía me despierto a veces con escalofríos recordando los «¡Aló Presidente!» que nos endilgaba cuando nos enjauló inconstitucionalmente durante la pandemia). También hay una caja de aspirinas y otra de paracetamol, por si Peter se pone todavía más plasta de lo habitual y nos levanta jaqueca, y un carro de libros para entretenerse.
Tras este repaso general me he quedado más o menos tranquilo. Pero aun así, como ciudadano europeo concienciado, considero que mi deber es reforzar aún más los pertrechos. Nos faltan todavía los preceptivos CEE por si se va la luz (Cirios Ecológicos de Emergencia), ampliar las REPH (Reservas Estratégicas de Papel Higiénico) y aumentar el FCA (Fondo de Contingencia Alimentario).
Así que me voy a hacer la compra a la carnicería López, al lado del mercado de Chamberí. Ofrecen un género suculento y además los dependientes montan un gracioso show castizo, con viseras a lo pichi y todo. Aunque lo mejor que tienen es la delicadeza con que miman a sus clientes ancianos, pues ahí llegaremos todos.
Rumbo a López, subiendo la calle Españoleto, veo que han abierto un pequeño local de esos de café rico (ya saben: decorado minimalista muy blanquito y con un poco de madera y un dependiente con muchos aros, muchos tatuajes feos, una camiseta negra y un careto de que le estás arrancando una muela por el mero hecho de solicitarle si te puede poner un café). Le pido uno con leche para llevar y me arrea un estacazo de 3,7 euros. Eso sí, el tío dibuja una flor con la leche, arte que le lleva casi tres minutos y que es absurdo, pues al poner la tapita de plasticurri la efímera obra se irá al carajo.
Tras ser sableado en el café-boutique llego a López. Aunque somos poco carnívoros, compro unas hamburguesas de pollo para encarar la crisis global con cierto aporte de proteínas. Al pagar descubro que se han puesto a precio del percebe gordo de Corme, al igual que las dos cajas de alcachofas que me llevo. Ursula Gertrud no ha contado con que la cesta de la compra está tan disparada que para completar el «kit de emergencia» de 72 horas casi tienes que pedir una hipoteca.
Sintiéndome ya seguro en mi hogar-búnker, me pongo a leer los periódicos. Lo que me he tomado de coña empieza a darme miedo. Las carreras de rearme de la primera década del siglo XX y de los años treinta fueron el preámbulo de las dos guerras más devastadoras de la historia de la humidad, y ahora estamos ya embarcados en una espiral similar. Además, el presunto líder del mundo libre se está comportando como un gañán nacionalista, que amenaza a Canadá, Groenlandia y Panamá, que insulta a los europeos, que cree que está por encima del derecho y que ha iniciado un repliegue arancelario que siempre que se prueba acaba en depresión económica. Europa, que todavía es un oasis de buena vida, asiste a este desbarre inmóvil, perpleja y sin defender su dignidad. Y China, la mayor dictadura del planeta, tiene un plan y se prepara para dominar el mundo antes de lo previsto, porque un presidente estadounidense que insulta a sus aliados naturales le está sirviendo el liderazgo en bandeja de plata. ¡Los comunistas son ahora los defensores de libre comercio!
Solo la voz agonizante del maltrecho Papa, que sigue clamando en vano por el desarme y la paz, parece aportar un hálito de cordura en este inesperado y peligrosísimo regreso a los periodos de entreguerras.
Artículo publicado en el diario El Debate de España
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