Las campañas electorales tienen el propósito de buscar votos, no de espantarlos. Es evidente. De allí que  los participantes en las contiendas tengan que detenerse en las desventajas  del adversario, en cómo sacarle partido a los errores y a los defectos de quienes aparecen como enemigos. La victoria no depende solamente de  ofrecerse como pioneros de un futuro mejor, sino también de recalcar lo terrible que sería para la sociedad que las cosas permanecieran sin cambios. Mirando el asunto desde el lado de la oposición, desde luego, porque para los entronizados más bien se  trata de evitar que se ventilen sus deficiencias para impedir que  sus testimonios los destronen. No se necesita la pericia del politólogo para llegar a una conclusión que realmente es de Perogrullo, pero ahora se quiere llamar la atención sobre cómo se ha evitado en los mítines, en la propaganda y en los documentos proselitistas, el tratamiento de  uno de los asuntos  más  característicos del régimen de Maduro: la crueldad.

Sobre cómo lo ha evitado la oposición, desde luego, porque lo menos que le puede interesar a una dictadura es que la presenten como encarnación de la inhumanidad. ¿Los líderes que acompañan a Edmundo, la cúpula de María Corina Machado y ella misma,  han incluido en sus discursos, en sus declaraciones  o en sus papeles públicos la sevicia del gobierno, su inclemencia, su ensañamiento contra los activistas que le adversan o contra los ciudadanos que  ellos escogen  según sus necesidades? Claro que no resulta simpático que un dirigente suba a la tribuna para abrumar a las masas con un desfile de torturadores, con una exhibición de  malhechores, con una muestra de los instrumentos que se usan en las cárceles como cosa cotidiana para martirizar a los presos políticos, pero el hecho de no referirse a sus tropelías, ni siquiera pasando sobre ellas a pie juntillas, es una irresponsabilidad o una desidia que debe conducir a la reflexión.

Especialmente porque hay un trabajo previo de seguimiento de la crueldad del régimen, llevado a cabo por oenegés valientes que no han parado en su misión y que, contra viento y marea, se han ocupado de recoger evidencias incontrovertibles sobre el trabajo de los esbirros; porque los familiares de los perseguidos llevan lustros clamando por justicia y porque, por si fuera poco, el caso del salvajismo del régimen ahora es juzgado por la Corte Penal Internacional. De tales situaciones se desprende lo incomprensible que resulta la omisión que se hace de ellos en las movilizaciones cada vez más masivas y entusiastas de la oposición. Resulta preocupante que  no se haya explotado un terreno tan adecuado para  mostrar las evidencias  de la barbarie cuando existe la posibilidad cierta de sacarla del juego con todas sus abominaciones, en especial con la funesta especie de los torturadores que no habían reinado con tanta impunidad desde la tenebrosa época de Gómez.

Durante el gomecismo, la sociedad se familiarizó con la crueldad y consideró a los verdugos y a la tortura como parte de la vida cotidiana. De tal nexo surgió un hábito de sumisión y miedo que dejó huellas profundas, tan metidas en la sensibilidad de la gente que quizá por eso los políticos de nuestra esquina no hayan visto hoy el protagonismo de los funcionarios abyectos  como algo susceptible de alarma, o como motivo para erizar la piel de los viandantes. ¿Será por tal razón que las figuras más célebres de la oposición se hacen de la vista gorda ante el regreso de una abominación? ¿La crueldad y sus criaturas les parecen poca cosa, algo tan minúsculo que ni siquiera merece una arenga? Es probable que sobre el asunto  puedan  abundar las explicaciones, ahora hay analistas para todo y de todo, pero que las atrocidades y los ensañamientos del régimen no se expongan ante la sociedad en el fragor de una campaña que no solo preludia un cambio de gobierno, sino también la restauración de la democracia, produce justificada perplejidad.

Artículo publicado en La Gran Aldea 


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