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Karla Sofía Gascón y la caída en el desastre de un símbolo

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Gascón

Foto: EFE

La actriz Karla Sofía Gascón parecía destinada a la historia del cine contemporáneo, al convertirse en la primera actriz trans en estar nominada al Oscar de la Academia. Pero una confluencia de situaciones complicadas la volvió una paria de Hollywood y también en un ejemplo de un escenario inédito en la temporada de premios.

En mayo del año pasado, la actriz Karla Sofía Gascón hizo historia al ganar, junto al resto del elenco de Emilia Pérez (2024), el reconocimiento a mejor actriz del Festival de Cannes. Un hito considerable que abrió la puerta para que la española se volviera en un símbolo de una larga lucha por la visibilidad y reconocimiento de la identidad trans. A medida que transcurría el año cinematográfico fue cada vez más evidente que la intérprete estaba a punto de lograr otra hazaña. Eso, mientras la controvertida película que protagonizaba, se volvía centro de debates debido a su visión de la cultura y sociedad mexicana. 

Algo que se confirmó el 9 de diciembre de 2024 con el anuncio de las nominaciones al Globo de Oro. Emilia Pérez alcanzó el número récord de 11 categorías, entre las que se incluía la de Gascón como mejor actriz, lo que demostró su cualidad de fenómeno y además, abanderada de la comunidad LGBTQIA+. Para la industria de Hollywood, la fulgurante travesía de la actriz por la temporada de premios se volvió una demostración de tolerancia y nuevos tiempos. Para la crítica, un reto que analizar, en medio de los señalamientos cada vez más duros contra Emilia Pérez y su cuestionable perspectiva acerca de la violencia narco, los desaparecidos y hasta la identidad trans.

Pero lo cierto es que Karla Sofía Gascón era el punto más alto de la polémica política de inclusión de Hollywood de los últimos años. Una celebración a los ideales progresistas, que parecían más necesarios que nunca en medio del discurso reaccionario de la segunda presidencia de Donald Trump. Tal vez por ese motivo, la actriz española brilló en la entrega del Globo de Oro el 5 de enero, aunque no logró ganar la estatuilla. 

Con el galardón que Emilia Pérez acababa de obtener como mejor musical del año, la actriz recordó la importancia de su lugar en ese crítico momento. “Nos pueden encarcelar, nos pueden golpear, pero nunca nos pueden quitar nuestra alma, nuestra existencia, nuestra identidad”, dijo, refiriéndose a la comunidad trans. Su intervención fue recibida con aplausos y un considerable entusiasmo. 

Poco más de un mes después, Karla Sofía Gascón se encuentra excluida del mundo del espectáculo. No solo Netflix le retiró su apoyo. También lo ha hecho buena parte de la comunidad de Hollywood, sus compañeras de reparto y hasta Jacques Audiard, el director de Emilia Pérez y el hombre artífice del papel que hizo famosa a Gascón. Más que cualquier otra, el derrumbe del simbolismo alrededor de la actriz apunta a lugares más incómodos del cine como mecanismo político. Pero, además, lo endeble y hasta hipócrita del sistema que sostiene la fórmula de la celebridad actual. Todos temas incómodos que la debacle de Gascón deja al descubierto. 

Una historia que termina mal 

Hasta el 27 de enero, Karla Sofía Gascón era percibida entre la prensa y los apasionados por el mundo del cine como una figura controvertida, altanera, pero, en esencia, bien intencionada. Eso, a pesar de enzarzarse en interminables discusiones y polémicas en redes sociales debido a las críticas contra Emilia Pérez. El musical francés, que llegó al catálogo de Netflix en Norteamérica el 13 de noviembre y en las siguientes semanas, al resto del mundo, despertó una inmediata incomodidad. 

De romantizar a un narcotraficante violento a trivializar las cirugías de afirmación de género, pasando por la controversia sobre su retrato superficial de las Madres Buscadoras de Sinaloa, la película francesa se había convertido en un escenario de debate, acerca de la verosimilitud del cine y la apropiación cultural. Y antes que explicar el tema o responder directamente al escándalo, Netflix pareció desafiar a la opinión latinoamericana con una agresiva campaña de marketing que puso a la cinta en boca de todos. 

Y a Karla Sofía Gascón en el centro de la estrategia, con la que Netflix intentaba lograr que todos los señalamientos y el evidente malestar del público latino se convirtieran en conversación y relevancia mediática. La actriz española reaccionó con una frontal presencia en redes sociales, en especial en X (antes Twitter), en la que protagonizó varios escándalos en sucesivo. El más incómodo: llamar “cuatro gatos” al público mexicano que criticaba a Emilia Pérez

Mientras toda esta tormenta sucedía, Netflix parecía beneficiarse del constante revuelo alrededor de la cinta. Para la plataforma se trataba de un buen negocio. Luego del triunfo de Emilia Pérez en Cannes, el servicio por suscripción compró los derechos de distribución de la producción por 12 millones de dólares. Además, se embarcó en una cuantiosa campaña para situar a su más reciente adquisición como punta de lanza en la temporada de premios. Eso, sobre otras opciones como His Three Daughters (2023) de Azazel Jacobs, más tradicional pero, sin duda, mucho menos llamativa que la cinta de Jacques Audiard. 

Por lo que después del triunfo en el Globo de Oro, la siguiente casilla era las nominaciones al Oscar de la Academia. El 23 de enero, Emilia Pérez recibió el reconocimiento en 13 categorías, incluida una histórica nominación para Karla Sofía Gascón. Para Netflix fue un triunfo en una campaña que se alimentaba de sus lugares más duros y confusos. Para Gascón, una hazaña que la ponía en el centro de todas las miradas, las simpatías y señalamientos. Pero nada parecía lo suficientemente grave o importante para detener su rápida carrera a un éxito absoluto. Hasta que la periodista Sarah Hagi indagó en la huella digital de la intérprete en X (Twitter) y abrió una caja de Pandora que implosionó la trayectoria de la actriz. 

Un precedente incómodo para un punto de vista complicado 

De 2016 a 2020, Karla Sofía Gascón arremetió en X (antes Twitter) contra el Islam, la comunidad musulmana europea, se declaró abiertamente antivacuna, se mostró racista y hasta machista. Con el furor imprudente del anonimato, la actriz no dudó en mostrar sus violentas opiniones a lo largo de su incendiario TimeLine. Lo que, al final, sería el obstáculo inesperado de su travesía al reconocimiento y la fama.

Entre el 28 y 31 de enero, el rastro en redes sociales de la intérprete se convirtió en una herramienta para destruir toda su credibilidad. La crisis de reputación llegó a su punto máximo el domingo 2 de febrero, cuando dio una entrevista a CNN en la que visiblemente alterada culpó del escándalo que la rodeaba a una campaña “oscura” en su contra. Tanto esa entrevista como sus sucesivos posts en Instagram no fueron consultados a Netflix. Por lo que la plataforma le retiró todo apoyo y la condenó al ostracismo en mitad de lo que hasta entonces parecía su momento más brillante. 

Resulta paradójico que la actriz, que se esforzó por meses en aglutinar las opiniones a su alrededor como un emblema de la inclusión, haya terminado por demostrar una idea que, por sencilla, resulta revolucionaria. Los miembros de minorías y grupos vulnerables no tienen por necesidad un comportamiento ejemplar. 

Tampoco son personas ideales o puras por el solo hecho de representar luchas a través de las desigualdades culturales. Pero lo ocurrido con Gascón es incluso más complicado de analizar, cuando se reflexiona acerca del lugar que ocupó y lo rápido que fue destruida, por el mismo vendaval de la celebridad mediática que Netflix intentó aprovechar.

Mucho más, la forma en que la plataforma ignoró la incomodidad del público mexicano alrededor de la cinta, los señalamientos de GLAAD (organización que vela por los derechos LGBTQIA+ en Hollywood) y hasta la actitud abiertamente racista de Jacques Audiard, que menospreció al idioma español en varias de sus entrevistas. Para el servicio de suscripción, la discusión en redes sociales sobre Emilia Pérez tenía la importancia de una campaña orgánica, que llevó a la película a despertar el interés a varios niveles distintos y a convertirse en una incombustible fuente de buzz mediático.

La implosión de la estrategia, que además arrasó con las posibilidades de la película de lograr el triunfo en los Oscar, está signada por la insensibilidad y la incapacidad del equipo de marketing de Netflix de asumir el costo de ignorar reflexiones válidas acerca de representatividad o apropiación cultural. Pero mucho más, el abandonar a Karla Sofía Gascón en mitad de un vendaval de acusaciones es la demostración de que la plataforma intentó usar el válido activismo por la inclusión y la visibilidad trans como moneda de cambio para lograr el éxito en la temporada de premios.

Sin duda, el comportamiento de Karla Sofía Gascón es cuestionable y sus opiniones indefendibles. Pero también lo es la hipocresía e insensibilidad de Netflix, al volver la cara a la mujer que usó de manera notoria para apuntar una campaña de premios basada en su figura. Un giro de los acontecimientos que resulta irónico ante el empeño de Netflix por mostrar su abierto apoyo a diversas comunidades y lecturas culturales. Y, quizás, el punto más bajo de su ambición por la relevancia cinematográfica. La lección más dura que la situación de Gascón deja a su paso.

 

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