La espiritualidad une a las personas más allá de las diferencias e incide en el curso de la historia.

La relación entre fe, espiritualidad y política es compleja y multifacética. De cara al complejo contexto político, económico y social en el que estamos inmersos en Venezuela, sucintamente exploraré cómo estos aspectos se entrelazan y cómo podemos contribuir a tener un país más armonioso, pleno de bienestar y justo.

Primero, precisemos la significación de los términos aludidos. La fe es un pilar fundamental en muchas tradiciones espirituales. Para algunos, la creencia en un poder superior guía sus acciones y decisiones políticas. La fe puede proporcionar esperanza, consuelo y una brújula moral en medio de la agitación política.

En cuanto a la espiritualidad, esta no se limita a rituales religiosos; también se manifiesta en la búsqueda de justicia y equidad. Muchos líderes políticos han sido motivados por valores espirituales al luchar por los derechos humanos y la igualdad. En Mahatma Gandhi tenemos una expresión preclara de la espiritualidad en la acción política.

De especial interés, es tener presente que las decisiones políticas reflejan nuestros valores más profundos. La política no es solo una cuestión de leyes y sistemas; también es una expresión de lo que consideramos justo y necesario para nuestra sociedad. No sin razón se habla de la política como expresión de valores. ¿Les dice algo la centralización del poder, la redistribución forzada, la burocracia y corrupción, las restricciones a la libertad individual?

La intersección de fe, espiritualidad y política a menudo da lugar a conflictos, puede llegar a ser un campo minado de desacuerdos y tensiones. Sin embargo, también puede ser una oportunidad para practicar la tolerancia y el respeto hacia las creencias de los demás. Lo importante es encontrar un terreno común sin sacrificar nuestros principios.

Habría algunas formas en las que podríamos encontrar un terreno común sin comprometer nuestros principios en Venezuela, por ejemplo, tener diálogos abiertos o identificar los valores universales que compartimos, v.gr.: la justicia, la compasión y la dignidad humana son ejemplos de valores que pueden unirnos.

Es necesario reconocer que la espiritualidad y la política tienen roles distintos. La espiritualidad guía nuestra vida interior y moral, mientras que la política se ocupa de la organización social. No necesariamente deben entrar en conflicto. En lugar de debatir sobre dogmas, enfoquémonos en soluciones prácticas a ciertas interrogantes, v.gr.: ¿cómo podemos abordar los problemas sociales y políticos desde una perspectiva ética y humanitaria?

Se impone buscar líderes que encarnen la tolerancia y el respeto, a fin de ahondar en lo planteado de cara al ejercicio de la gobernabilidad. En este sentido, aquellos que promuevan la unidad y la comprensión pueden ser faros de esperanza en estos tiempos turbulentos. María Corina Machado y Edmundo González Urrutia serían un buen ejemplo, más el caballero que la dama, según muchos, incluso sería una apreciación generalizada en el oficialismo.

Lo otro a tener claro es que la oración puede ser un acto político. Al orar por la paz, la justicia y la prosperidad de nuestra nación, también nos comprometemos a trabajar activamente por esos ideales. La espiritualidad nos impulsa a actuar en beneficio de todos. Por eso, no es raro oír hablar de “Oración y Acción”, que vendría a ser el “Ora et labora” de los monjes benedictinos.

La intersección entre la oración y la acción política es un concepto poderoso que puede aplicarse en Venezuela. Existen algunas formas de hacer realidad este planteamiento. Fundamentalmente, la oración con propósitos específicos, por ejemplo: orar por la elección de gobernantes sabios y rectos. Quiere decir que se debe dedicar tiempo a orar por ese propósito.

La oración no es pasividad; es un llamado a la acción. Al pedir por una elección electoral acertada, también nos comprometemos a trabajar por ella. Al hacerlo, pedimos a la vez por justicia y prosperidad para todos los ciudadanos que habitan esta Tierra de Gracia. Esto es algo que nos motiva a buscar soluciones concretas en el ámbito político y social.

En este escenario, la espiritualidad nos recuerda nuestra responsabilidad hacia los demás. Al orar por la prosperidad, también debemos preguntarnos: ¿qué podemos hacer para contribuir a esa prosperidad? Ergo, la oración nos conecta con una conciencia más profunda. Escuchemos esa voz interior y actuemos en consecuencia. Así las cosas, la acción política no se limita a votar en elecciones, implica una participación de mayor alcance.

En medio de la complejidad y la incertidumbre, los corazones venezolanos siguen latiendo con esperanza. La espiritualidad, como un hilo invisible pero fuerte, conecta a los venezolanos en sus momentos más oscuros. En cada oración se elevan deseos de paz, de justicia, de un futuro mejor. Las lágrimas derramadas por la patria, por quienes han emigrado, se mezclan con la tierra, nutriendo la semilla de la esperanza. La fe, en sus diversas formas, se convierte en un faro que guía a través de la tormenta.

La acción política, aunque a veces desgarradora, también es un acto de amor. Es la lucha por un país donde los sueños no se desvanecen, donde la dignidad prevalece. Los corazones comprometidos, desde las calles hasta los pasillos del poder, buscan un terreno común donde la compasión y la justicia se encuentren. La esperanza, como un río subterráneo, fluye en silencio, pero persistente. Y en ese fluir se teje el destino de una nación que anhela sanar y renacer.


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