Cinco años después del estallido de la epidemia de covid-19 en China, ya es posible hacer un balance científico indiscutible de los orígenes, el desarrollo y la erradicación parcial de esta pandemia mundial. Todos los organismos de investigación científica con autoridad incuestionable de Estados Unidos, Europa, China y Japón han llegado a las mismas conclusiones: gracias a la contención y luego a las vacunas, la Covid-19 no tuvo consecuencias tan dramáticas como la llamada ‘gripe española’ de 1918. Por supuesto, las víctimas directas del covid-19 pueden estimarse en veinte millones. Añádase a esto el trauma psicológico y los problemas de salud duraderos: cientos de millones de víctimas en todos los continentes. Pero la ciencia médica ha salvado a la humanidad de una de las amenazas más graves, que en realidad sigue amenazándonos: la aparición de nuevos virus aerotransportados contra los que nuestro organismo no tiene inmunidad y contra los que aún no existen vacunas.
Merece la pena recordar las polémicas que, a partir de 2019, han acompañado a las propuestas de contención y luego de vacunación. Un vasto movimiento de opinión, enraizado en la ignorancia, el odio al capitalismo y a la ciencia, y el odio a la democracia –lo que ahora llamamos populismo– se movilizó para denunciar tanto la contención como la vacunación. La contención habría sido una maniobra política de gobiernos despóticos basados en el modelo chino o que aspiraban a controlar a la población a la manera china. La contención, en otras palabras, habría sido un complot de los poderosos en su búsqueda de un poder aún mayor. ¿La vacuna? Habría sido otra conspiración, la de los laboratorios capitalistas en busca de beneficios y totalmente indiferentes a la salud pública. Estas teorías llamadas populistas y conspiranoicas han tenido una repercusión extraordinaria gracias a la aparición de las redes sociales. Tuvieron tanto más éxito cuanto que el confinamiento dificultaba el acceso a fuentes de información más fiables.
Ahora que sabemos con certeza que la contención y la vacunación fueron las respuestas correctas a la pandemia, y que serán las respuestas correctas a la inevitable próxima pandemia, apenas podemos oír a los populistas y a los teóricos de la conspiración pedir disculpas a las familias de los millones de víctimas que fueron manipuladas para que no creyeran en la contención y la vacunación. ¿Pedir perdón? Eso no es habitual en los regímenes autoritarios, ni siquiera en los democráticos. Si escarbamos profundamente en nuestra memoria, no encontraremos ejemplos de líderes de opinión, políticos, sindicalistas o científicos que admitan que se equivocaron gravemente, reconozcan sus errores y se ofrezcan a reparar los daños fatales. La Iglesia católica es una excepción, pero sólo muy recientemente ha dado marcha atrás.
Peor aún, la conspiración y el populismo siguen campando a sus anchas en las redes sociales. «Yo soy el que niega», dice el diablo, Mefisto, imaginado por Goethe en su ‘Fausto’: «Así es como me reconocéis». Además de la incapacidad de los conspiranoicos para admitir sus errores, y lo que es peor, algunos de ellos han llegado recientemente al poder. La ilustración más aterradora de esta deriva es, por supuesto, Robert Kennedy Jr, que ha sido nombrado secretario de Sanidad por Donald Trump. Sabemos que este Kennedy, que no merece su nombre, apoyó en su día la tesis perfectamente idiota de que la vacunación provoca autismo. Pues bien, aún no se ha recuperado de su patología conspiranoica, porque ante su primera crisis sanitaria, una epidemia de sarampión en Texas, este Kennedy, en lugar de llamar a la población a vacunarse, ¡la anima a consumir aceite de hígado de bacalao! Como resultado, cada día, niños llevados demasiado tarde a los servicios de urgencias de los hospitales mueren tanto de sarampión como de la criminalidad del ministro de Sanidad. Una vez más, no escuchamos ninguna disculpa ni del Kennedy en cuestión ni de Trump, que persiste en apoyar a este asesino.
No lo decimos lo suficiente: el populismo y las teorías de la conspiración son ideologías que, en el mejor de los casos, empobrecen a las personas que las apoyan y, en el peor, las sumen en una mayor mortalidad. El liberalismo es lo contrario: no es una ideología proclamada basada en el deseo de utopía y la denuncia de conspiraciones imaginarias. El liberalismo es simplemente el resultado pragmático, sin ilusiones sobre la naturaleza humana, de la experiencia de las naciones. A menudo se me ha acusado de estar obsesionado con el liberalismo, lo que probablemente sea cierto. Y de llamar liberal a lo que funciona y antiliberal, a lo que no funciona. Esta crítica está en parte justificada. Pero se equivoca de cabo a rabo. El punto esencial es que el populismo mata porque niega la realidad, mientras que el liberalismo, una doctrina sin imaginación, simplemente toma experiencias positivas y las aplica.
¿No se equivocan también los liberales? Sí, claro que lo hacen. La democracia puede conducir al caos y el capitalismo a grandes crisis: éstas son las enfermedades infantiles del pensamiento liberal. Pero la gran diferencia entre liberales y antiliberales es que los liberales están dispuestos a reconocer sus errores y rectificarlos; los populistas, no. El liberalismo incorpora sin reparos la crítica y la autocrítica a su método, a la manera de la filosofía socrática. Los populistas, en cambio, tanto de derechas como de izquierdas (estas dos nociones tienen cada vez menos sentido), enfrentados a sus propios errores, cometen aún más errores. Es difícil imaginar a Trump o Putin admitiendo que podrían haberse equivocado. Entonces, ¿cómo es que los populistas y los conspiranoicos siguen siendo tan numerosos y no son rechazados por el conjunto de la población? Sin duda porque su ideología, por falsa que sea, responde a ciertos impulsos arraigados en la psicología humana. No somos totalmente racionales: por eso no todos somos liberales.
¿Liberales? En general tienen razón, pero les falta pasión. ¿Populistas? Son apasionados, y por tanto humanos, pero carecen de razón. La convivencia exige una coexistencia civilizada entre razón y pasión: una disciplina diaria, no necesariamente coronada por el éxito. En definitiva, hágase una sola pregunta: ¿Quiere morir de covid o del próximo virus que se le parezca? Si es así, hazte populista. ¿Prefieres escapar de la próxima pandemia? Si es así, hazte liberal.
Artículo publicado en el diario ABC de España
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