
Nuevamente el índice de corrupción mundial nos ubica en los primeros lugares. ¿Por qué será, si somos un país empobrecido malamente? Pues sí. Somalia, Sudán, Siria y Venezuela son los países más corruptos del planeta. No es ninguna sorpresa en ninguno de los casos.
Ahora bien, no solo somos un país corrupto a escala global, somos un país que atropella desde el poder a sus ciudadanos, con hambre, con carencias de todo tipo. O sea, no hay dinero para ajustar sueldos, atender la crisis hospitalaria, las necesidades educativas, la infraestructura. ¿Qué se hace el dinero de los más de 1 millón de barriles diarios que supuestamente se producen? ¿Qué ocurre con el dinero de las minas del sur del país? ¿Qué es de los multimillonarios impuestos que se perciben, mes a mes? Esto, por cierto, incluye el IVA con el que pechan en cada compra a la ciudadanía empobrecida. O, sumemos, el aumento constante del servicio de aseo o de electricidad. ¿Cuál es menos operante?
La corrupción no es un mal nuevo en el país, desde luego. Pero desde la creación de Venezuela como nación, en el glorioso siglo XIX, no se veía un descaro tan flagrante en el abuso de los dineros públicos. De hecho, estoy convencido cada día más de que no se producen ajustes de sueldo para dominar, domesticar, crear sujeción inmediata en la ciudadanía, por supuesto. No se producen ajustes de sueldos ni de protección social a los trabajadores, especialmente de la administración pública, con indudable afectación inmediata y gananciosa de la privada, porque no dejan nada a los supuestos «benefactores» de la entrega quincenal de esos recursos. La nómina pública no genera ganancias apropiadas para la corrupción. Todo lo demás sí.
De este modo, a nadie enorgullece en el país estar en el tercer lugar de la corrupción, muy cerca del primero. Esto según Transparencia Internacional en su informe anual, que debería espeluznarnos como venezolanos conscientes. Pero sabemos de qué va la revolución. Todo esto sin contar la obtención de recursos mal habidos por tareas innombrables que nos asocian a Colombia y Cuba, por ejemplo mínimo. ¿También a México? U otras grandes transnacionales del terror, como puede bien ser Irán.
La corrupción se engalana sobre nosotros. Mientras aumentan los pedigüeños en las calles y autobuses, los menesterosos en los hospitales y en las mismas calles. Profesores universitarios al mismo borde de la mendicidad y falencias públicas de todo tipo, jamás vistas en un país petrolero de las dimensiones de Venezuela. Así, la pelea política es más bien una pelea por la conservación del poder económico en la región. La corrupción venezolana, si bien no es de exportación tangible, se puede vincular con los intereses geopolíticos de una lamentable izquierda desinteresada por los derechos humanos, por la ciudadanía y su bienestar. Cuba y Nicaragua son secuaces. No solo ellos, por cierto. Se trata no más de mantener el poder como sea, como sea, para sacar y aportar al sostenimiento conjunto e hipócrita de esta hecatombe latinoamericana de líderes que se hacen los locos a conveniencia de ellos, contra la humanidad.
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