Comenzaba el siglo XX cuando James Matthew Barrie, mayormente conocido como J. M. Barrie, escribió la obra teatral Peter Pan y Wendy. La pieza de Barrie se convertiría años más tarde en el libro para niños Peter Pan, luego Paramount Pictures la convertiría en película muda, hasta que en 1953 Disney la llevó a una de dibujos animados, que terminó de incrustarla en nuestra cultura. Las variaciones en torno al personaje han sido de cualquier tipo y tenor. 79 años más tarde, el psicólogo estadounidense Dan Kiley publicó El síndrome de Peter Pan: los hombres que nunca crecieron. Al comienzo su obra fue rechazada, y cuando una editorial se aventuró a publicarla fue un bestseller instantáneo, por meses fue uno de los más comprados en Estados Unidos, traducido a 22 idiomas y vendidos en el mundo entero millones de ejemplares.
Kiley había trabajado por largo tiempo con adultos jóvenes con problemas de conducta, y un rasgo que le llevó a acuñar el término fue detectar que un porcentaje elevado de esos pacientes se negaban a aceptar las responsabilidades de un adulto, lo mismo que el personaje de Barrie. Si bien esta denominación, como síndrome no es reconocido como tal por la American Psychiatric Association, y usted puede ratificarlo buscando en la V edición de su célebre Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, donde no encontrará mención alguna; sin embargo, debe decirse que la definición puesta a circular por el psicólogo se ha consolidado hasta convertirse de uso común.
Por supuesto que es un tema en el que sobra tela para cortar, coser y remendar. Al pasear la mirada por el escenario “político” venezolano, bien podía decirse que el mencionado trastorno del eterno novio de Campanita es de observancia obligatoria para poder formar parte de dicha secta. Los rasgos genéricos de tal carácter son de un narcisismo consumado y una irresponsabilidad suprema. Todos quieren tener los polvos mágicos del hada volandera para escaparse a salvo de los embrollos donde suelen sumergirse de manera continua. No hay uno que no quiera irse a la Tierra de Nunca Jamás en volandas a hacer lo que le salga de sus santas ganas. Unánimemente aspiran caerle a machetazos al capitán Garfio, ahora devenido en Maduro o Diosdado o Aristóbulo o Delcy Eloína, mientras salvan sus asentaderas de las fauces del caimán y huyen con Wendy a merendar como si fuera la Caperucita; mientras los niños perdidos siguen haciendo de las suyas cada vez que se les antoja.
¿Por qué extrañarnos entonces de encontrar a la pandilla de casposos impresentables, que aseguran dirigirnos, prestándose a ser comparsas de la maroma electoral? ¿A santo de qué deben, semejantes manojos de polichinelas, asumir una actitud madura, equilibrada y transparente frente a un régimen criminal como el que ha acabado con nuestro país? ¿Cuándo se terminará de aceptar que renacuajos como David de Lima, Claudio, Caprilito, y por ahí hasta los barrancos de Las Tetas de María Guevara, no hay uno solo que sirva así sea para hacer un café decente? Imberbes perennes de los que se pretende algo que nunca tendrán, ellos solo saben a jugar al pelotón que fusila a todo aquel que ose pedirles terminen de crecer.
© Alfredo Cedeño
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