A Marx se le atribuye la célebre frase “la religión es el opio del pueblo”, con la que señalaba que las creencias en un “más allá” anestesian a las personas frente a las injusticias del “más acá”. En lugar de luchar por una vida digna en este mundo, nos resignamos a la esclavitud y la explotación, aguardando una recompensa celestial. Sin embargo, la agudeza de Marx no alcanzó a prever el auge de las religiones seculares: esas que no veneran a un dios invisible ni prometen la inmortalidad del alma, sino que idolatran a personas —convertidas en semidioses— y a ideologías políticas terrenales.
Las religiones seculares, aunque desprovistas de un componente espiritual explícito, funcionan como sistemas de dogmas que moldean cosmovisiones impermeables al pensamiento crítico. Sus seguidores, transformados en fanáticos, se consagran al servicio de un líder supremo —un sumo pontífice de esta peculiar iglesia— que no solo domina su secta, sino que aspira a infiltrarse en los gobiernos para erosionar las instituciones democráticas. No se trata aquí del catolicismo, el protestantismo, el islam o el judaísmo, sino de los autoritarismos competitivos que hoy proliferan en el mundo.
Figuras como Milei, Maduro, Bukele o Trump encarnan a estos sumos pontífices de las religiones seculares. Sean libertarios o revolucionarios, las etiquetas ideológicas importan menos que la figura del líder. Este es infalible, incorruptible, la fuente de toda virtud y, por supuesto, el elegido de las masas y del destino. Quienes se oponen no son meros adversarios con ideas distintas: son enemigos de la patria, de la verdad, conspiradores despreciables cuya maldad intrínseca justifica cualquier castigo. En este esquema, los derechos humanos se convierten en un lujo innecesario para los “impuros”.
El verdadero problema no reside solo en la existencia de estos líderes nocivos, sino en la devoción ciega de sus feligreses. Estos seguidores son incapaces de percibir defectos, errores o contradicciones en sus guías. Si Trump decide desmantelar la educación pública, lo aplauden como un acto de genialidad; si Maduro, autoproclamado “presidente obrero”, pulveriza salarios, contratos colectivos y pensiones, lo justifican como un sacrificio necesario; si Milei vocifera “¡Viva la libertad, carajo!” mientras aboga por cercenar los derechos de las mujeres y el colectivo LGBTIQ+, sus adeptos lo celebran como coherencia visionaria. En la mente de los fieles, no hay fisuras: cada dolor infligido encuentra una excusa, cada promesa rota se reviste de santidad.
Este panorama desolador se agrava por la debilidad de un centro político incapaz de responder a la barbarie con argumentos sólidos y civilizados. Lejos de movilizar a la ciudadanía con la fuerza de la solidaridad y la fraternidad para contrarrestar el egoísmo y la exclusión, este centro titubea. Frente a las religiones seculares, urge ser firmes defensores de la institucionalidad democrática, los derechos humanos, el multilateralismo y el laicismo. Porque, al fin y al cabo, no puede haber debate político genuino entre seres humanos y semidioses autoproclamados.
jcclozada@gmail.com / @rockypolitica
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