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Por Enrique Moya
1.
Iván y María, campesinos evacuados la semana de la catástrofe nuclear de Chernóbil en abril 1986, regresaron poco después. Y en el perímetro interior de la Zona de Exclusión viven desde entonces. Siempre habían vivido aquí. No conocían otros campos más que estos. No tenían otra alternativa que volver.
Iván y María cultivan un huerto; se enorgullecen de los frutos que produce. Iván es fanático de las papas, rábanos, manzanas y demás productos de la tierra. No invita a probarlos porque intuye el espanto en sus visitas. Él sonríe y dice ―en broma― que luego de comerlos, se siente más joven. Su esposa, María, al lado, con un palo de escoba como cayado, permanece circunspecta, no dice nada; de cuando en cuando mira de reojo a su marido. El silencio de esta anciana resulta perturbador; su mirada parece esconder algo, un secreto insondable que solo ellos conocen. Aunque puede que el aburrimiento de siempre escuchar la misma historia de boca de su marido explique tal actitud. Tantas veces lo mismo, debe resultar monótono y sin gracia alguna, no obstante, el empeño de Iván para poner a la historia de ambos en este lugar solitario un toque de humor y otras veces de suspenso. Con los años, Iván ya ha aprendido a narrar la parte de los sucesos que le atañen como un cuento corto, que es el tiempo que tienen sus visitantes para enterarse de algunas cosas antes de partir.
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Enrique Moya
Iván muestra las hortalizas, legumbres y frutas que siembra y luego cosecha. Solo ellos las consumen porque el producto radiactivo de esta tierra generosa es como el cariño verdadero, ni se compra ni se vende. Detrás del huerto de Iván y María hay una laguna que rebosa en peces que él atrapa y, por supuesto, ambos comen. Al no tener más enemigos naturales que estos dos ancianos, se reproducen y desarrollan en tamaño y número sin control alguno. Un fruto que crece silvestre, como el mango en el Caribe, es la manzana. Las de Iván son levemente radiactivas. Si a quienes pueda interesar no tienen planes de tener más descendencia, allí están en abundancia esperando al visitante con apetito.
2.
Un soldado ordena levantar la barrera del Check Point. Número y rostro del pasaporte coinciden con la lista de autorizaciones militares que tiene en mano. El extraño mundo de Chernóbil abre sus puertas un día azul y soleado del mes de julio.
No es el único Check Point de la travesía: Chernóbil es zona militar dividida en secciones radiactivas. El paso de una sección a otra repite el ritual del pasaporte. Nadie puede penetrar sin autorización el perímetro de exclusión. O nadie puede salir de él si, por imprudencia, ha resultado contaminado de radiación. Las alcabalas militares disponen ―llegado el caso― de casetas Geiger de paso obligatorio, con parecido aspecto a las de control de metales en aeropuertos. También de duchas y lavadoras especiales donde eliminan ―eso dicen― la radiación del cuerpo y la ropa. La idea es que la radiación de Chernóbil se quede en Chernóbil.
La primera línea de defensa es un aparato amarillo con el signo de peligro radiactivo ―del tamaño y forma de un viejo celular Nokia―: el contador Geiger alquilado para la ocasión; dispositivo con idéntica función a los canarios en una mina: alertar de que el nivel de radiación no ponga en peligro la salud o la vida. Los pitidos registran la cantidad de roentgen/hora en el ambiente. Se mantiene estable oscilando entre 0.07 y 0.09. Nada para alarmarse. Pero hay zonas de Chernóbil en las que el aparato entra en frenético trance. La advertencia es clara: hay que alejarse del lugar sin dilaciones. En ciertas áreas, cuyos árboles y terrenos continúan bastante contaminados, se dispara hasta 13.70 y puede llegar hasta 24.80 en algunas zonas aledañas al reactor nuclear. Curiosamente, en la puerta principal de la Central Nuclear el Geiger apenas se deja oír; pero 10 metros a la izquierda señala 3.58. Puede que unos metros más a la izquierda se dispare la alarma del contador en mano; pero pasearse por las zonas no autorizadas a las afueras del reactor origina numerosas llamadas de atención de los soldados que vigilan las instalaciones y a los visitantes.
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Enrique Moya
El conocido Bosque Rojo es otra historia: pasearse por allí puede resultar en extremo peligroso; es sensato evitar tan mortífero jardín. En ese lugar, si se acerca el aparato al suelo, se dispara la alarma con estrepito. Los gatos y perros registran, según el contador, entre 0.11 y 0.12; las manzanas y duraznos, cerca de 0.13; algunas casas y juguetes abandonados, hasta 0.91. En otros lugares, el contador enmudece; pero un par de pasos después comienza de nuevo el conteo. Los primeros en llegar el día de la catástrofe fueron los bomberos de Pripyat. Los restos de estos hombres, metidos en ataúdes especiales de concreto armado, siguen siendo bombas radiactivas. Aún lejos de su sepultura, el Geiger pasa de estado alarmante a estremecedor. Mala idea acercarse: de nada les ha servido ser ahora héroes nacionales de un país hoy inexistente. Nadie puede traerle flores ni organizar efemérides in situ recordando la épica gesta que los convirtió en titanes olvidados.
Luego del registro Geiger un certificado expedido por las autoridades militares deja constancia del paso de los visitantes por la Zona de Exclusión. Uno de estos certificados señala 0.008 de radiación; una firma ilegible lo confirma… ¿Ha de tomarse en serio tal diagnóstico si el visitante lleva más de 48 horas caminando por un lugar más radiactivo que al anterior? En el perímetro interior de Chernóbil no hay espacio a salvo de la antigua furia del reactor.
3.
El Check Point más esperado de la travesía da entrada a la ciudad fantasma de Pripyat, en su época más gloriosa llamada Ciudad del futuro. Asemeja a una Brasilia de vida útil caducada, devorada por un futuro entrópico de naturaleza y anarquía.
Las primeras avenidas y edificaciones revelan los muchos huracanes que han pasado por aquí. Aparte del nuclear, el vandalismo humano se aplicó a fondo en saquear o destruir los trastos y propiedades que dejó la gente en su vertiginoso escape de 1986. El otro huracán es de carácter natural: la vegetación ha tomado por asalto esta otrora emblemática localidad soviética. Autopistas que se internan en una jungla que las devora; calles ciegas de matorral; columpios sin algarabías; postes de luz camuflados de abedules; cafés sin café; teatros sin actores; pianos sin Tchaikovsky; colegios vacíos de alumnos; piscinas olímpicas sin atletas, tiovivos y norias oxidados de tristeza. En el que fuera el correo de la ciudad yacen, al lado de musgo y maleza, miles de postales y cartas que nunca fueron enviadas o recibidas. Testimonios de apegos y cariños que hace tiempo murieron de radiación. Sólo los retratos de Lenin, dispersos por toda Pripyat, parecen haber sobrevivido a la catástrofe nuclear y el posterior derrumbe soviético.
El porqué la vida se reproduce de forma tan tenaz e imparable en los ambientes más inconcebibles y extremos del planeta es un misterio. Buscar explicaciones racionales donde resulta difícil encontrarlas –al menos no de modo científico– es el lugar común: que exista vida en esta apartada esquina de la Vía Láctea, en el no-lugar de un universo de apariencia caótica y saturado de radiación expandiéndose a miles de años luz de la Tierra, no ofrece una definición que satisfaga a todos. Sin embargo, el sistema cerrado que es Chernóbil nos acerca algunas aproximaciones de cómo puede existir vida en las galaxias: en los espacios contaminados de elementos radiactivos de Pripyat ahora habitan árboles, arbustos, plantas de todo tipo. Miles de manzanos, durazneros, matas similares al cafeto ―de sabor amargo, delicia para los insectos―, etc. Los animales silvestres pastan y han hecho de los apartamentos e instalaciones urbanas sus hogares. Los caballos abandonados se han vuelto manadas salvajes y pueden atacar a mordidas en caso de sentirse amenazados. Es frecuente encontrar huellas de lobos, que han hecho de los apartamentos sus nuevas guaridas. Soldados atestiguan haber visto osos que se creían ya extintos. Y millones de hormigas. Para los seres vivos no humanos las zonas radiactivas de Chernóbil se han convertido en el paraíso terrenal.
4.
Antes del desastre nuclear de Chernóbil la seguridad de las instalaciones atómicas del mundo se apoyaba en una premisa fundamental: el optimismo tecnológico. El avance científico y técnico de la época se consideraba eficiente y convincente para el diseño y la administración de las centrales. Razones no faltaban para tanta convicción: ningún dispositivo nuclear diseñado para la guerra se había escapado por accidente de los arsenales y diezmado al mundo. Así, el exceso de confianza en el control del ala militar de este tipo de energía llevó a sobrevalorar la capacidad civil en el manejo del átomo. El proyecto norteamericano para hacer un Canal de Panamá alterno bombardeando la selva de ese país con 651 bombas nucleares de Hidrogeno ―en la década de los 60 del siglo pasado― es un claro indicio de la ignorancia existente antes del desastre de Chernóbil.
El hombre aún no parece apto para el uso pacífico de la energía nuclear. Y quizá nunca lo esté, aunque en la actualidad existan centrales a lo largo del mundo. No sólo debido a que ciertos procesos tecnológicos en la materia continúan siendo insalvables, sino también a las fuerzas del entramado económico-financiero que priman las ganancias sobre la seguridad. El 100% de seguridad es una abstracción, un horizonte de utopía indispensable para la ideación de proyectos posibles: pero la realidad funciona con porcentajes por debajo o por encima de las expectativas de certidumbre. La construcción de plantas nucleares seguras al 99% no es rentable; y ningún inversionista se arriesgaría en la edificación de una costosísima planta nuclear 99% segura, cuando un 1% restante podría ser el elemento decisivo entre ruina o éxito en términos de inversión.
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Enrique Moya
Pero si bien la energía nuclear es más limpia y más barata en términos de producción y de aplicaciones industriales de todo tipo (ideal para un holding de inversión), puede llegar a ser en extremo costosa y letalmente sucia en caso de accidente: Chernóbil con su obsoleta tecnología soviética de los 70 del siglo pasado y Fukushima reajustada con tecnología americano-japonesa del siglo xxi lo demuestran. No es un secreto que las centrales nucleares actuales elevan su costo de construcción y funcionamiento por la cantidad de cortafuegos de seguridad que requieren. Y, por otra parte, el costo de desmantelamiento, una vez cubierta su vida útil y el despojo de la basura nuclear, es otro de sus problemas de difícil y gravoso manejo.
El gasto actual en nuevas fuentes de energías renovables no contaminantes ―la creación y el desarrollo de dispositivos eólicos o paneles solares, en relación al costo de extracción, refinamiento, producción y transportación del petróleo― siguen siendo enormemente prohibitivos. Muchas inversiones en tecnologías de energías limpias han terminado en la ruina. Ante la abundancia y lo módico que resulta la explotación hidrocarburos, y sus fuentes de apariencia inagotable, la construcción y mantenimiento de una central nuclear no resulta de gran rentabilidad ni es 100 % segura.
En el último año, debido a la guerra entre separatistas rusos y el ejército ucraniano, los procedimientos de seguridad para entrar se han hecho más cautelosos. Sin embargo, he aquí una constatación preocupante: si todo el mobiliario de edificios y viviendas, bibliotecas, escuelas y hospitales ha sido hace tiempo desvalijado –no obstante la cantidad de las alcabalas militares para llegar hasta el epicentro de la catástrofe– el perímetro de seguridad militar de la planta nuclear Chernóbil luce insuficiente.
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Enrique Moya
En tiempos de terrorismo un fanático motivado puede resultar apocalíptico: entrar a Chernóbil por los cientos de atajos existentes en la zona y lanzar un misil portátil (de fácil compra en el mercado negro de armas de la misma Ucrania) sobre el recién estrenado sarcófago. Otra constatación alarmante: la guerra al este del país ha llenado Kiev de perros de la guerra; vendedores de armas pululan a sus anchas en el territorio ucraniano.
5.
Chernóbil ha desarrollado su propia mitología. Antes de la caída del bloque soviético, oficialmente ateo, los ciudadanos rusos y ucranianos practicaban en secreto el cristianismo ortodoxo. Así, quienes vieron los primeros rayos de la explosión del reactor ―fabulan― murieron incinerados en el acto; de ellos sólo se encontraron las cenizas. Chernóbil no escapó al mismo castigo de Sodoma y Gomorra: Dios no encontró un solo justo entre tanto comunista.
La radiactividad ―afirman otras leyendas― ha hecho crecer los peces de las lagunas y los ríos hasta alcanzar dimensiones mitológicas: bocachicos o cachamas exsoviéticas del tamaño y forma de un kraken. Hay bagres enormes, es verdad, en los ríos de la zona alrededor del reactor nuclear ―que enloquecen por el pan―, pero de similares proporciones a los que circulan en los lugares más apartados de las selvas de Asia o de la Amazonia donde no pueden ser atrapados.
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Enrique Moya
Una parte de quienes se acercan a Pripyat son los fanáticos del Chernóbil Diaries, ―norteamericanos en su mayoría― que esperan encontrarse con lobos de dos cabezas, gatos con más de siete vidas, hormigas del tamaño de un hámster; papas grandes como calabazas y cebollas más jugosas que un limón. Pero lo más extraño que puede encontrarse es el cadáver de un perro momificado ―acaso por la radiación― en el piso 11 de un edificio abandonado. Esta ciudad de mitologías contemporáneas y edificaciones fantasmas aún tiene mucho que ofrecer a la escasa imaginación de guionistas y cineastas que pululan en Hollywood.
6.
Como la mala yerba que crece en toda la Zona de Exclusión, también el turismo ha encontrado un nuevo nicho para florecer. La misma agencia que llevó a un fotorreportero inglés en agosto pasado, organizó ―a recomendación suya― el viaje que trajo hasta aquí a quien escribe estos apuntes. El encuentro con el fotorreportero se dio en la estación de trenes de Shibuya, Tokio. Él venía de fotografiar las adyacencias al reactor nuclear de Fukushima para una publicación especializada: desde el accidente japonés, el pueblito de Chernóbil ve en Fukushima una ciudad hermana y sus autoridades han erigido un recordatorio dedicado al infortunio nipón.
En los últimos años estas agencias de turismo han proliferado. Aparte de las dos o tres en Ucrania, hay sucursales en Inglaterra, Alemania y EE.UU. Al no ser científico, militar o empleado de la central, no hay otra opción que contratar estas empresas autorizadas por el gobierno de Ucrania para entrar, siempre de la mano de un guía. El viaje en solitario, el trekking de riesgo o el footing paisajista, están prohibidos y penados por la ley. Atravesar el perímetro de exclusión militar sólo es posible con un permiso gestionado con prudente antelación y que puede ser denegado por Kiev.
7.
El mundo parece ignorar que la Central Nuclear de Chernóbil ―su nombre verdadero, V. I. Lenin―, aunque inútil e inservible, sigue y seguirá funcionando probablemente hasta el fin de nuestra civilización sobre la tierra. Ignora, además, que el ser humano continúa aquí, dando la batalla ante un enemigo súper poderoso e invisible que late herido pero ni muerto: hoy viven en estos territorios un ejército de técnicos, obreros, científicos y militares ―más el personal civil que los atiende―, encargados de que el potencial apocalíptico que aún representa esta central no se convierta en otra catástrofe peor que la anterior. También habitan los ingenieros, constructores y obreros del nuevo sarcófago que mantendrá enterrado durante algunas décadas más el letal contenido que yace en las entrañas del reactor. Señalan los expertos que en caso de que su fuego radiactivo se escapara de nuevo a la atmósfera, Europa toda tendría que ser evacuada. La contaminación del continente sería global e imparable. El sistema de salud y la industria europea de alimentos colapsarían, y la consiguiente hambruna daría paso a fuertes oleadas de emigración forzada hacia otros continentes.
8.
En los poblados externos a la Zona de Exclusión se producen, ingieren y comercian entre vecinos alimentos afectados de radiación por encima de los límites permitidos. Lo peor de la tragedia para la salud ―aseguran― ya pasó. La estadística, dependiendo del parámetro ―científico o político― que se tome como referencia, arroja resultados contrapuestos. Los políticos se cuidan de las indemnizaciones que tendrían que pagar en una Ucrania en estado de quiebra y hoy aquejado por la guerra. Dada la escala inédita del desastre, los científicos no deciden qué modelo comparativo tomar para emitir un veredicto: ¿Nagasaki?, ¿Hiroshima?, ¿las pruebas nucleares francesas en el Pacífico? Está por verse si las generaciones futuras nacen genéticamente intactas. Desde el punto de vista de la salud lo ocurrido aquí continúa siendo un enigma.
En el sereno y bucólico pueblito de Chernóbil las calles permanecen vacías. Todo limpio y en su sitio. Los edificios administrativos están bien mantenidos y pintados. También hay colegios y parques bien conservados pero vacíos: la veda a los niños durará al menos 25 mil años. De cuando en cuando militares en traje de camuflaje se dirigen al par de tiendas de venta autorizadas, cuyos artículos ―comida, bebidas, etc.― son traídos desde ciudades lejanas.
Todo lo ciertamente relevante sucede en Chernóbil a un nivel invisible, nanométrico, no del todo comprensible para la mente humana. En este lugar, el insólito mundo de la materia reveló una pequeña parte de sus poderosos secretos.
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