La vida humana está marcada por una serie continua de decisiones. Desde el momento en que nacemos, cada experiencia, acción e inacción es, en sí misma, el resultado de una elección ya sea consciente o inconsciente, instintiva o racional. Estas decisiones, a su vez, dan forma a nuestra identidad, determinan la trayectoria de nuestra vida y tienen un impacto profundo en nuestro desarrollo y bienestar. La mayoría de los psicólogos coincidimos en que, aunque se puede vivir evadiendo tomar decisiones, el precio a pagar es que otros decidirán nuestro destino. (Gessen y Gessen, Maestría de la felicidad. Pág. 257)

Tomar decisiones para el crecimiento personal

Desde la infancia, enfrentamos desafíos que requieren tomar decisiones. Elegir entre caminar aunque te puedas caer, compartir o no un juguete, enfrentar o evitar un problema en la escuela. Ya jóvenes debemos decidir sobre una carrera o una relación, son todas situaciones que requieren que ponderemos qué hacer y decidamos. Cada elección, grande o pequeña, contribuye a nuestro crecimiento personal y nos ayuda a adquirir habilidades, aprender de nuestros errores y fortalecer nuestras capacidades. El proceso de hacerlo está vinculado con el desarrollo humano. A través de ello, no solo definimos quiénes somos, sino que también establecemos metas, enfrentamos desafíos y superamos obstáculos. Esta autonomía y capacidad de elección es esencial para alcanzar la plenitud, ya que nos permite vivir como deseamos, y en congruencia con quienes somos.

La indecisión

Quienes razonan que es posible vivir sin tomar decisiones, en cierto sentido tienen razón. Podemos dejarnos llevar por la corriente, evitar enfrentar situaciones difíciles, no superar el miedo a equivocarnos, o simplemente adaptarnos a las circunstancias. Pero este enfoque pasivo tiene un costo alto, ya que al no decidir, dejamos que otros, ya sean individuos, la sociedad o las circunstancias, decidan por nosotros. Esta abdicación de nuestra capacidad de elección puede conducir a la insatisfacción, la frustración y la sensación de no tener control sobre nuestra propia vida. Además, al evitar la toma de decisiones nos privamos de oportunidades de aprendizaje y crecimiento en cada error. Los desaciertos, aunque dolorosos, son esenciales para nuestro desarrollo. Es a través de estos desafíos que adquirimos resiliencia, empatía y sabiduría. Aunque es tentador evitar la responsabilidad que viene con la toma de decisiones, hacerlo nos roba la oportunidad de vivir una vida plena y significativa. Al elegir, tomamos el control de nuestra vida y nos damos la oportunidad de alcanzar nuestro máximo potencial. La plenitud se encuentra en abrazar nuestra libertad, asumiendo responsabilidad por nuestras decisiones y siendo protagonistas activos de nuestras propias historias.

Los humanos somos animales que decidimos

La distinción entre decisiones humanas e instintos animales es que mientras nosotros las tomamos basados en un razonamiento complejo y a menudo abstracto, los animales actúan predominantemente por instinto, guiados por mecanismos evolutivos destinados a su supervivencia. Estos comportamientos instintivos son patrones innatos que se han desarrollado a lo largo de millones de años para responder de manera efectiva a ciertos estímulos o situaciones. Un ave que migra miles de kilómetros, un pez que nada río arriba para desovar o una hembra que protege ferozmente a su cría son casos de estos comportamientos instintivos que tienen un propósito claro: asegurar la supervivencia y reproducción de la especie. Los animales no “deciden” en el sentido humano basadas en lo cognitivo o la razón. En cambio, reaccionan según patrones de conducta instintiva que han demostrado ser efectivos a lo largo de generaciones.

En contraste con los animales, los humanos poseemos una capacidad consciente avanzada que nos permite ir más allá del instinto. Aunque nosotros también poseemos instintos básicos, la toma de decisiones es realmente compleja. Ponderamos distintas opciones, anticipamos consecuencias futuras, consideramos implicaciones morales y éticas y actuamos basados en objetivos a largo plazo. Además, la capacidad humana para comunicarse a través del lenguaje permite un intercambio de ideas y experiencias que enriquece aún más el proceso de toma de decisiones. Podemos aprender de las experiencias de otros, debatir opciones y construir argumentos lógicos.

Cognición en animales

No obstante, en varios animales se observan niveles de cognición que desafían la noción tradicional de que solo los seres humanos tienen capacidades de razonamiento avanzado. Los cuervos son especialmente conocidos por su habilidad para resolver problemas. Han demostrado su destreza al usar herramientas, como ramas, para obtener alimentos de lugares inaccesibles. Además, son capaces de planificar para el futuro, como guardar comida para más tarde. (Emery, N. J., y Clayton, N. S., 2004).

Los delfines son distinguidos por su inteligencia social y habilidades de comunicación, aparte de reconocerse en el espejo. (Reiss, D., y Marino, L. 2001). Tienen un lenguaje sofisticado y los más veteranos practican el enseñar a otros jóvenes delfines técnicas, como la forma de usar esponjas marinas para proteger sus hocicos mientras buscan comida en el fondo del mar (Mann, J., Connor, R. C., Tyack, P. L., y Whitehead, H. Eds., 2000).

En el caso de los chimpancés, estos primates comparten 98% de ADN con los humanos y han demostrado una amplia gama de comportamientos inteligentes. Suelen usar herramientas, tienen estructuras sociales múltiples y muestran signos de autoconciencia. También son capaces de aprender lenguaje de señas y comunicar conceptos diversos a los humanos (Tomasello, M. y Call, J., Oxford University, 1997).

Cognición humana

A pesar de esto, pensamos que los animales actúan predominantemente según sus instintos y mecanismos evolutivos para garantizar su supervivencia, mientras que los humanos tenemos la capacidad de tomar decisiones cognitivas que trascienden el tiempo. Esta habilidad no solo diferencia al hombre del resto del reino animal, sino que también lleva consigo una gran responsabilidad en cuanto a cómo elegimos actuar. La vida de un animal es una lucha constante para satisfacer sus necesidades más fundamentales: oxígeno, agua, alimento y reproducción.

Es crucial no subestimar la complejidad de ciertas conductas animales, y reconocer que muchos de ellos muestran signos de inteligencia y cognición, pero la toma de decisiones basada en la reflexión abstracta parece ser una característica distintivamente humana. Esta habilidad diferencia al hombre del resto del reino animal.

Vida instintiva del humano al nacer

Al comenzar la vida, el neonato está altamente influenciado por sus instintos. Los bebés tienen respuestas automáticas e innatas a ciertos estímulos, diseñadas para ayudarlos a sobrevivir. Una de ellas es el reflejo de succión, que permite al recién nacido alimentarse, o el “reflejo de Moro”, también conocido como reflejo de sobresalto, que se provoca cuando el bebé escucha un ruido fuerte o siente que está cayendo, extiende sus brazos y piernas hacia afuera y abre los dedos. Luego, junta rápidamente sus extremidades hacia el centro del cuerpo, como si estuviera abrazando a alguien. Este reflejo se piensa que es un vestigio evolutivo de los tiempos en que nuestros ancestros primitivos tenían que aferrarse a sus madres para evitar caerse. Estos comportamientos instintivos son esenciales porque, en esta etapa temprana, el cerebro aún no ha desarrollado plenamente las capacidades cognitivas y emocionales que permiten la toma de decisiones más complejas. Estos instintos actúan como salvaguardas que aseguran que las necesidades básicas del bebé, como el hambre y la seguridad, se satisfagan.

Desarrollo de la toma de decisiones

A medida que los niños crecen, su cerebro también se desarrolla rápidamente. Alrededor de los dos años, los niños comienzan a mostrar signos evidentes de toma de decisiones conscientes. Esta es la edad en que comienza a emerger un sentido de autonomía. Un claro indicativo de esto es la famosa etapa del “no”, donde los niños empiezan a afirmar su independencia rechazando instrucciones o eligiendo hacer las cosas a su manera. Este comportamiento es una manifestación temprana de la toma de decisiones, ya que el niño comienza a reconocer que tiene opciones y puede ejercer cierto control sobre su entorno. Aunque estas decisiones parecen simples e incluso caprichosas —como elegir un juguete en particular o rechazar ciertos alimentos—, son los primeros pasos hacia la autonomía y la autodeterminación. Con el tiempo, a medida que el cerebro sigue madurando y los niños adquieren más experiencias y conocimientos, su capacidad para tomar decisiones se vuelve más sofisticada. Se tornan más capaces de considerar las consecuencias, examinar diferentes opciones y elegir acciones que estén en línea con sus objetivos y valores. Así, la transición de la vida instintiva a la toma de decisiones es una parte crucial del desarrollo. Es un testimonio del increíble potencial y adaptabilidad del cerebro humano. A lo largo de la vida, las decisiones que tomamos, tanto grandes como pequeñas, dan forma a nuestras experiencias, relaciones y, en última instancia, a quiénes somos como individuos.

La dualidad instintiva y racional del ser humano 

Como observamos, nos distinguimos de los otros animales, porque podemos pensar, razonar y decidir. Sin embargo, esta diferencia también trae consigo la responsabilidad de nuestras decisiones y las consecuencias que estas tienen en nuestra vida y la de los demás, para bien o para mal. (Gessen y Gessen, Maestría de la felicidad, Pág. 265). Los animales, en su mayoría, actúan según sus instintos. Un león no caza por deporte, sino por hambre. Una mariposa no visita flores por su belleza, sino para alimentarse del néctar. Sus acciones están motivadas por necesidades básicas: comer, beber o reproducirse. No hay un deseo consciente de “disfrutar” de la comida o de “experimentar” nuevas sensaciones, sino una simple necesidad de sustento y supervivencia. En contraste, los seres humanos, dotados de un cerebro altamente desarrollado y una conciencia de sí mismos, tienen la capacidad de tomar decisiones que trascienden las necesidades básicas. Podemos comer no solo cuando tenemos hambre, sino también cuando estamos aburridos, tristes, o simplemente porque algo luce apetitoso. Podemos beber no solo para saciar nuestra sed, sino también para socializar o escapar de la realidad.

Es aquí donde la capacidad de elección puede convertirse en una espada de doble filo, porque a menudo, nuestras elecciones pueden ir en detrimento de nuestra salud o bienestar. Un animal nunca consumiría una sustancia tóxica; los humanos, a pesar de conocer los riesgos, a menudo eligen consumir alcohol en exceso o probar drogas recreativas. Estas decisiones, impulsadas por la curiosidad, el deseo de pertenecer o la necesidad de escape, pueden llevar a la adicción, la enfermedad y, en casos extremos, la muerte. Es paradójico que, mientras los animales luchan cada día por la supervivencia, algunos humanos eligen caminos que pueden llevar a su autodestrucción, lo que no haría ningún otro animal.

La primera decisión

Ser y actuar como humano. Desde el comienzo de la humanidad nos hemos preguntado qué nos hace diferentes de otras especies. Si bien, biológicamente, pertenecemos al reino animal, y por ende compartimos características fundamentales, además poseemos —y no los otros animales— nuestra capacidad de pensamiento racional y una relevante conciencia de nosotros mismos. Este hecho no nos exime de responder a impulsos instintivos y emocionales. El ser humano tiene una estructura dual en su funcionamiento bio-psico-social. Por un lado, existe un sistema nervioso intuitivo que nos proporciona respuestas rápidas y/o automáticas ante situaciones de peligro o de estímulos de atención inmediata. Por otro lado, está el cerebro racional o cognitivo que nos otorga la capacidad de analizar, reflexionar y tomar decisiones pensadas y estructuradas. El lóbulo frontal, especialmente la corteza prefrontal, es la más activa sede de nuestras capacidades cognitivas superiores. Aquí se llevan a cabo el pensamiento lógico, la toma de decisiones, la planificación, la autorreflexión y hasta entrar en el pensamiento de lo intangible en áreas tan esenciales como la relación con una Divina Providencia. También buscamos respuestas a interrogantes inextricables, como ¿Quién es el Universo?

Esta parte del cerebro nos dota de la destreza de analizar situaciones desde una perspectiva más amplia, anticipar consecuencias y actuar de manera deliberada. Pensar y reflexionar sobre nuestros actos y el mundo que nos rodea es lo que nos diferencia de otras especies. A través de la corteza prefrontal podemos ejercer un control sobre nuestras respuestas instintivas, y nos hace posible actuar de forma más acertada y acorde a las normas sociales y a las personales. La conciencia de uno mismo, la espiritualidad y los valores de la humanidad son tres temas profundamente interconectados, que también nos diferencian del comportamiento animal. Todo ello conforma la base de cómo y cuándo debemos decidir como humanos, lo cual trataremos próximamente.

María Mercedes y Vladimir Gessen, psicólogos.

(Autores de Maestría de la felicidad y de ¿Quién es el Universo?)


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