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Da 5 Bloods, el Spike Lee complaciente

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Da 5 Bloods, es política y no lo disimula. Spike Lee regresa de nuevo a su terreno favorito del debate de pertenencia racial, que parece más oportuno que nunca luego de la muerte de George Floyd a manos de un policía blanco. Pero la película es mucho más que eso: es un alegato sobre la guerra, la lealtad cultural y el miedo, todo el lujoso paquete autoral. ¿Será la próxima gran contendiente de los premios Oscar, que ya anunciaron su intención de ser “más diversos”, “inclusivos” y, por supuesto, ¿políticamente correctos?

La muerte de George Floyd a manos de un policía blanco parece haber cambiado las reglas del juego de poder en Hollywood. Tanto, como para convertir al polémico Spike Lee en una pieza nueva en el ajedrez de lo políticamente correcto. De ser el hijo rebelde del cine norteamericano, el director parece haberse convertido, por obra y gracia de Netflix y el sacudón político de las protestas debido a la brutalidad policial de 2020, en la herramienta que permitirá al séptimo arte lavar sus pequeños pecados de omisión. ¿Cómo ocurrió algo semejante? Quizás, por pura casualidad.

Spike Lee disfruta de la controversia, o al menos, eso es lo que puede deducirse de una carrera prolífica concentrada en el hecho de la raza y el conflicto racial como centro. En Da 5 Bloods, la noción es más acentuada que nunca, a pesar que es notorio el interés de Lee por incomodar y en especial, crear un conflicto argumental que eleve la tensión a un nivel más irrespirable.  Pero la intención no supone un debate sobre su importancia, por lo que el filme –un original de Netflix con toda la probabilidad de una nominación en la virtual, postergada y aún incierta temporada de premios– se eleva de toda percepción sobre lo bueno, lo malo y lo temible de una cultura en que la segregación es un secreto a voces. Lee toma la Guerra de Vietnam, sus traumas y pesares, para aseverar el dolor de un país violento sostenido sobre la violencia. Y de nuevo, crea condiciones para la lectura de un lenguaje cinematográfico que evade una explicación simple. ¿Es 5 Da Bloods una película conflictiva? ¿O solo usa el conflicto como una mira alternativa a la realidad? Lee no lo muestra ni tampoco lo aclara y ese, es su principal logro.

Pero a pesar de que no lo hace, es evidente que la película es el recurso que Hollywood y la industria necesitaba, no solo para disimular el movimiento telúrico que está obligando a buena parte de la meca del cine a replantearse sus valores, sino, además, analizar el suculento terreno de lo políticamente correcto como bandera. Porque Lee esta vez, está al servicio del cine tradicional –sin saberlo– y de las necesidades de un negocio –sin desearlo– lo que hace que 5 Da Bloods sea un extraño fenómeno ambiguo.

Como en todas sus obras anteriores, el interés de Lee en la historia de su país tiene un fino ojo crítico, lo que le permite construir un discurso argumental contundente que analiza la identidad estadounidense con una potencia descarnada que rara vez llega a la pantalla grande. En esta ocasión, el director reflexiona sobre la discriminación y el prejuicio sin caer en tremendismos o sermones morales, limitándose a construir un entorno incómodo en la que los hechos reales elaboran una percepción acerca la segregación y la discriminación directa y temible. De la misma manera que en El infiltrado del KKKlan (2017), la narración va del pasado al presente para recorrer la moral estadounidense, mostrar sus aristas y a la vez, las contradicciones de una sociedad hipócrita y violenta. Pero para Lee la película es mucho más que un alegato o un discurso sobre el espíritu quebrantado de una cultura racista que ignora sus propios pecados.

Durante los primeros diez minutos, el director explora la simbología y la dialecta de Estados Unidos hasta develar en todo su horror lo que habita bajo la imagen saludable de un país en esencia dividido y roto. Toda una hazaña argumental que demuestra que la brillante capacidad de Lee para la provocación continúa intacta. La película comienza con un preocupado, contenido y simbólico Muhammad Ali, que sostiene sobre su figura como ídolo y parte de la comunidad negra estadounidense, el descontento hacia las capas de horrores dentro de una guerra inútil.

Pero la oposición del ídolo deportivo es mucho más que pacifismo: la entrevista que Lee escogió para contextualizar su película, deja claro que para los afroamericanos que participaron en el conflicto bélico, la guerra era otra forma de deshumanización. Y lo era, por el hecho de despojarles incluso de la capacidad de decidir. Luchar un país en la que el racismo crea ciudadanos de segunda categoría, morir por una causa que no les incluye.

Lee toma todo lo anterior y construye un astuto discurso que evade los lugares comunes sobre el racismo para crear algo más sustancioso: la noción sobre el individuo en medio de condiciones brutales, pero a la vez, esa herencia de la pertenencia que se lleva a cuestas como un estigma invisible. Mientras Marvin Gaye canta “Inner City Blues (Makes Me Wanna Holler)”, Lee crea una relación de espacio temporal con el cultural, para lo cual, asume la noción de la identidad afroamericana como algo más que una confrontación contra el mundo que le rodea. El director avanza con paso firme en medio de imágenes de archivo sobre la guerra y logra que los primeros minutos de la película, se vuelvan tensos, irrespirables, una extraña combinación entre lo doloroso y lo potente de la historia reciente de un país con dos versiones de las mismas escenas.

Da 5 Bloods emerge de entre las profundidades de las imágenes, los discursos y las huellas que rodean el estrato del miedo, como algo más poderoso y denso, una connotación sobre la violencia que tiene rostro y se sustenta sobre las grietas de una cultura que consume con voracidad sus propios símbolos. Para cuando el guion nos presenta a los cuatro veteranos negros protagonistas de la historia, ya el ambiente en el filme se encuentra lo suficientemente caldeado como para sostener y elaborar algo más brutal: La culpa expeditiva que las víctimas de la confrontación llevan a cuestas. La muerte y el asesinato, pero también, las regiones ocultas que son piezas sueltas de algo más grande y amargo.

Delroy Lindo, Clarke Peters, Norm Lewis e Isiah Whitlock Jr. son los miembros de un escuadrón de sobrevivientes a la guerra que regresan a Vietnam para, en apariencia, llevar a cabo una especie de honroso peregrinaje: encontrar los restos de su antiguo líder Stormin ‘Norman (Chadwick Boseman). Pero nada es tan sencillo ni mucho menos, honorable.

De la misma manera como la guerra corrompe y la violencia se desliza como un sustrato invisible, los cuatro hombres tampoco muestran de inmediato sus motivos. Con un pulso alegórico de enorme poder, pero en especial, un astuto reconocimiento de la maldad y la bondad como condiciones morales anacrónicas, la película de Lee avanza en un rompecabezas desordenado de recuerdos, argumentos, dolores y discusiones sobre un pozo profundo de responsabilidad rotas y perversas. En 2 horas y 35 minutos, Lee logra crear un mapa sobre la psicología de los sobrevivientes, pero también de una generación rota por el impacto de lo brutal de la deshumanización y la carencia de argumentos simples.

La guerra es una monstruosidad y eso nadie lo duda: mucho menos Lee que reelabora para Da Bloods 5 algo más complicado sobre la avaricia, la condición del dolor y el sufrimiento, las malas pasadas de la memoria colectiva y las mentiras que se narran unos a otros, los lamentos de la identidad y el temor compartido. El grupo de ex combatientes también guarda sus secretos y lo hace, como un escaño inferior de la admisión de los horrores de los que fueron testigos. De modo que la búsqueda del cuerpo del quinto del escuadrón, es también una expiación perniciosa, ponzoña viva sobre una historia compartida que nadie quiere analizar lo suficiente.

La película avanza con un ritmo extraño, pero sin desperdiciar un solo momento de metraje, para reflexionar sobre la evolución de sus personajes. Los monstruos de la guerra están allí y también, son algo más que meras percepciones sobre el recuerdo. El trauma es enorme y Lee lo analiza como un Universo en expansión que evade cualquier explicación sencilla. Con su violencia cruda y descarnada, que la cámara de Lee persigue y enfoca para que el espectador no pueda escapar de ella, la película es un alegato sobre la ruptura del secreto, la romantización notoria del discurso bélico.

Con su tono despiadado, crudo y brutal Da 5 Bloods es algo más que una denuncia, una crítica o una reinvención del escenario bélico. Es también una brillante especulación de Lee sobre los horrores que se esconden bajo la superficie de capas de injusticia, de miedo y angustia cultural. Y en mitad de una época de cuestionamientos como la que vivimos en la actualidad, la película de Lee es quizás, más necesaria que nunca.

 

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