
El cine siempre fue parte de su vida, pero no fue hasta que entró en la universidad que Sofía Blanco lo tuvo claro. Sus padres documentaron cada momento de su infancia en videos caseros. De adolescente, tomó la cámara para hacer sus propias películas con amigas y para cumplir con actividades escolares. Al principio era solo un juego, una forma de divertirse. Con el tiempo, se convirtió en una pasión, un sueño que la llevó a abrirse camino en la industria cinematográfica estadounidense y trabajar como segunda asistente de dirección en Anora, película que en la más reciente edición de los Oscar se llevó el premio -entre otros- de Mejor Película.
Sofía nació en Caracas pero ha estado gran parte de su vida en Estados Unidos. Se mudó con su familia a Boston cuando tenía 9 años por una oportunidad de trabajo de su papá, el político y escritor Carlos Blanco: sería profesor de economía en la Universidad Harvard. Al principio, solo estarían un año, el tiempo que duraría el compromiso de su padre. Pero su estancia se fue extendiendo poco a poco hasta que se establecieron definitivamente. “Yo nunca dije ‘nos fuimos’. Fue hasta casi después de la universidad que me cayó todo encima y dije: ‘No puedo creerlo, nunca más regresamos’”, cuenta Blanco, de 33 años de edad.

Sofía Blanco nació en Caracas. Tiene 33 años y ha pasado la mayor parte de su vida en Estados Unidos
Descubrió su amor por el cine en la universidad. Estudió en Columbia. Antes de elegir la carrera que cursarán, la universidad permite a sus estudiantes tomar las clases que más les interesen durante los primeros dos años. Blanco estaba entre matemática y psicología hasta que un día entró a una clase de historia del cine americano. No hubo vuelta atrás. Todo tuvo sentido para ella. “Mis papás nos filmaban de pequeños hasta que en algún momento yo me vi agarrando esa cámara cuando tenía unos 8 años para jugar y hacer películas. Eso lo vi mucho después y dije: ‘Siempre he querido hacer cine’”.
Al terminar la universidad comenzó a buscar trabajo. No fue sencillo. Al principio, no sabía dónde ni cómo buscar. “Empecé por los estudios, así más como de oficina o pasante, pero no sabía muy bien a qué aplicar porque también es muy difícil poder entrar a la industria de cualquier manera”.
Su primera oportunidad llegó cuando un amigo, también venezolano, le preguntó si quería una pasantía en una película llamada Louder Than Bombs (2014). “Había conocido a un asistente de dirección venezolano llamado Alejando Ramia, que era el contacto de un contacto de un contacto, que me ayudó a entrar en mi primer trabajo. Me dijo: ‘Mañana vamos a rodar una película, si quieres puedes ser una pasante’ y yo acepté de inmediato”, dice Sofía, a quién le encantó el trabajo. “Era una pasantía, pero el trabajo era de asistente de producción, que es la gente que te busca el desayuno, que te busca el café, que se para en una esquina diciéndole a la gente que no pase por ahí, que manda a todo el mundo a callar porque estamos rodando. Haces de todo un poco y conoces a todo el mundo”.
Esa primera experiencia le sirvió para hacer una base de contactos y la llevó a participar en otros proyectos, tanto en cine como en televisión. “Es un trabajo muy de contactos, de word of mouth, la gente te recomienda. La gente con la que trabajé en ese primer proyecto, me llevó al segundo proyecto, donde conocí gente que me trajo a otra película. Es un mundo muy cerrado y específicamente cerrado entre cine, televisión y comerciales. Yo he tenido la suerte de hacer un poco de todo, pero me gusta hacer un balance de películas y de televisión porque son muy diferentes. Me encanta el ritmo tan diferente de las dos”.
La gran oportunidad
Tras casi diez años de trabajar en diferentes proyectos, la gran oportunidad llegó. La red de contactos que construyó, pero sobre todo su trabajo, le abrieron puertas en la industria cinematográfica estadounidense. Una persona con la que había trabajado antes la recomendó al equipo de producción de Anora, de Sean Baker.
“Cuando a un jefe con el que he trabajado mucho le preguntaron si tenía recomendaciones para la posición de asistente dirección, me recomendó a mí. Ya conocía el trabajo de Sean (Baker) y cuando me enteré salté a la oportunidad”, cuenta Sofía, quien cuenta que le encantó la historia desde que leyó el guión.
Anora, que se llevó cinco estatuillas en la edición 97 de los premios Oscar, sigue la historia de una joven stripper que se casa con el hijo de un oligarca ruso. Pero, cuando la noticia llega a Rusia, los padres del joven viajan a Estados Unidos para anular el matrimonio.
“Si tengo la opción y la fortuna de poder decidir entre proyectos, siempre trato de escoger los que son más artísticos, los que son más únicos. No estoy en el círculo de hacer películas de presupuestos súper grandes, aunque me gustaría, pero no es lo que me ha pasado. He escogido proyectos de menos presupuesto que son muy interesantes y artísticos, y en esa categoría está Anora”, dice la venezolana.

Sofía Blanco en el set de Anora
En el set, el trabajo de Sofía Blanco como segunda asistente de dirección consistía en asegurarse de que la planificación del rodaje fuera posible. “Apoyamos al director en hacer que su visión sea posible y eso significa la coordinación y logística de toda la producción. Por ejemplo, el primer asistente de dirección, que en este caso fue Liza Mann, hace el horario de toda la película, qué se va a filmar en cada día, y yo como segunda asistente de dirección me aseguro de que su horario pueda pasar, que todos los equipos se unan exactamente a la hora y al minuto que tenga que ser para que estas cosas puedan pasar. Esto significa hablar con los actores, coordinar las locaciones, hablar con efectos especiales”.
El equipo de producción no era muy grande, apenas unas 30 o 40 personas. Aunque Sofía no era la única latina, sí la única venezolana.
El rodaje de Anora comenzó en enero de 2023 y duró 45 días. Sofía asegura que cada día de filmación era una aventura por lo diferente de la dinámica, pues –asegura– a Sean Baker le gusta romper con el estilo convencional de grabar e improvisar. Las escenas que más disfrutó filmar fueron las que se realizaron en Brighton Beach, un vecindario en Brooklyn en el que se asentaron muchas familias rusas.
“Hubo varias escenas en las que filmamos a gente que no eran actores, porque así le gusta a Sean, involucrar a la comunidad. Cada vez que filmamos así era muy interesante porque era una forma diferente de hacer una película como yo lo había aprendido. No tiene que ser todo ensayado, no tiene que ser planeado. Todo lo que se filmó en Brighton Beach se sentía muy orgánico. En el mundo del cine, que es tan jerárquico y tan planificado, no ves tan a menudo este tipo de escenas y por eso se disfrutan tanto”, cuenta Blanco.
Lo más retador de la filmación de Anora fue, precisamente, esa la forma de trabajar de Baker. “Lo más difícil fue siempre estar listo para cualquier cosa. La manera tan fluida de filmar de Sean es algo que no puedes planificar y a veces tienes que hacer todo lo posible para ayudar al director a llegar a su visión”.
Durante el tiempo que trabajó con Sean Baker, el aprendizaje más valioso fue cómo mantener una visión a lo largo de un proyecto. “Él tiene unas ideas increíbles y aunque a veces no las expresa desde el comienzo, no es alguien que dice todo desde el principio, pero claramente tiene una visión que mantiene y toma decisiones que me parecen muy intuitivas. Aprendí lo que es tener una visión de director porque creo que muchas veces uno trabaja con gente que no está segura, que tiene una idea más o menos vaga de lo que puede ser algo y terminan siendo solo posibilidades, pero no lo que debería ser. Él siempre mantuvo esa visión presente y lo llevó a hacer una película muy nítida, muy compuesta”.
Una sospecha que se hizo realidad
Aunque cuando comenzó la temporada de premios Emilia Pérez, de Jacques Audiard, se perfilaba como la favorita con 13 nominaciones a los Oscar, rápidamente Anora se impuso en ceremonias previas a la gala más importante de Hollywood. Venía, incluso, de ganar en Cannes.
Aunque estaba emocionada por el desempeño de la película, no quería ilusionarse. Sofía se tomó todo con calma. “Nunca quise pensar que pudiera pasar todo esto, todo el reconocimiento, porque no quería decepcionarme”. Siguió toda la temporada desde Chicago, donde está trabajando en el rodaje de la cuarta temporada de The Bear, la exitosa serie de Disney y FX protagonizada por Jeremy Allen White. “He vivido todo a través de una pantalla, pero ha sido excelente, ha sido una fase muy importante de mi carrera y de mi vida. Vivirlo ha sido muy emocionante y es algo que no pasa sino solo una vez en la vida”.
Aunque la venezolana no pudo asistir a la gala de los Oscar, tuvo la oportunidad de ir a la ceremonia del Premio del Sindicato de Directores (DGA Awards, por sus siglas en inglés), donde Anora fue la triunfadora. “Fue increíble porque Anora ganó el premio de Mejor Director y fue lo más emocionante que he vivido en mi carrera”.
Desde ese momento, comenzó a sospechar que Anora podía triunfar en los Oscar. “En ese momento, empecé a pensar: ‘Bueno, creo que tal vez’. Para mí, de las películas que vi, había muchísimas buenas, Anora fue muy buena. Aunque en los Oscar no siempre pasa lo que uno piensa, yo sentía que la película tenía muy buen chance”.
Blanco se siente muy afortunada de haber tenido la oportunidad de trabajar en una película como Anora. “Hay gente que yo admiro mucho y que nunca ha ganado un Oscar. Hay mucha gente de mi nivel que no ha tenido los reconocimientos y por eso siento que tengo muchísima suerte de haber formado parte de una producción tan buena”, aseguró la venezolana, quien también reconoce que su trabajo y esfuerzo la llevaron hasta allí. “Más allá de la película, el reconocimiento se siente en los últimos 10 años, por todos los proyectos en los que he estado. Se siente bien porque he trabajado mucho y me he esforzado por conseguir gente buena, que me guste su trabajo, con guiones que me apasionan. Uno nunca espera esto, pero se siente muy bien, me siento muy orgullosa, es un reconocimiento merecido”.
Sofía Blanco quiere contar historias propias
Entre sus próximos, pasos está ascender al puesto de primer asistente de dirección. “Me gustaría este año subir de categoría. Eso requiere unos pasos, necesitas unos ciertos días (trabajando como segundo asistente), que son 500 días y ya estoy cerca”.
Blanco, quien sueña con trabajar con Quentin Tarantino, también quiere hacer sus propias películas. “Hace poco publiqué mi primer cortometraje, que hice hace dos años, llamado Funeral. Ahora estoy escribiendo mi primer largometraje”.
Funeral es un corto de 20 minutos que sigue la historia de dos hermanos que lidian con el duelo de perder a un familiar en la distancia, pero sobre todo con el duelo de extrañar un país que ya no existe. Un punto de vista sobre la migración que siente muy cercano. “No es una historia sobre la inmigración, sobre cruzar la frontera. No es una historia de tragedia de gente que debe dejar todo atrás. Son personas ya establecidas y que aún años después cargan con el peso de dejar todo atrás”.
“Yo me mudé en 2001, hace casi 24 años, y mi experiencia ha sido relacionarme con Venezuela a distancia. He enfrentado preguntas sobre mi identidad durante toda la vida. Nosotros fuimos una de las primeras familias que yo conocía que se iba de Venezuela. Desde aquí observé a mucha gente yéndose y es otro punto de vista. Yo había experimentado preguntas sobre mi identidad solita porque no había nadie a quién preguntarle, no había nadie con quién hablar de eso. Cuando empecé a ver a más gente yéndose y ver cómo se adaptaban dije: ‘Wow, hay un millón de cuentos aquí’. Todo el mundo se relaciona con su país y su gente de maneras distintas. Hay un dolor por dentro y todo el mundo lidia con ese dolor de diferentes maneras”.
Aunque nunca volvió definitivamente, Sofía viajaba todos los años con su familia a Venezuela para pasar vacaciones. Las visitas disminuyeron cuando comenzó la universidad porque tenía menos tiempo, pero siempre trataba de volver. Cada vez que puede, lo hace. “Yo intento mucho regresar a pesar de que es complicado. Soy de las que piensa que siempre va a ser mi país hasta que no haya nadie. Hay gente que me ha dicho cosas como: ‘pero si ya no es lo que era’ y yo no entendía cómo podían decir eso. Pero también creo que eso de ‘no hay nada allá’ es una manera de decir ‘todo cambió’”.
A Sofía le interesa contar ese tipo de historias, las diferentes perspectivas de la migración y sus posibilidades. “Para mí la emigración es el vehículo para explorar lo que más me interesa, cómo uno interpreta el pasado, cómo uno se relaciona. Es una relación que todo el mundo en el planeta tiene. Sea una persona nostálgica, que tiene un romance con el pasado o que vive en el pasado o no. Todo el mundo tiene esa relación que me parece muy humana, muy fascinante y llena de posibilidades visuales y de cuentos muy únicos. Creo que muchísima gente globalmente puede relacionarse con esa sensación de que ya no hay nada como antes. No importa qué experiencia tienes, si migraste o no, ya no puedes regresar a lo que era”.
Sofía Blanco trabaja en el guión de su primer largometraje, una historia de ciencia ficción sobre una joven venezolana que trabaja en el desierto de Atacama, Chile. “Es un género con el que no he trabajado mucho, pero está repleto de posibilidades visuales muy interesantes con las que definitivamente puedo trabajar la idea de la memoria y de la nostalgia”.
Por crecer en Estados Unidos, no tuvo mucho contacto con el cine venezolano. Por eso, está enfocada en explorarlo. Ya ha tenido algunos acercamientos. El año pasado tuvo la oportunidad de asistir al Festival de Cine Venezolano en Margarita, donde descubrió películas de cineastas que la sorprendieron. Fue el caso de Hambre, de Joanna Nelson. “Lamento admitir que no tengo mucha experiencia con el cine venezolano. La primera fue el año pasado en Margarita y vi un montón de películas que me fascinaron y aprendí muchísimo. Me parece que el cine reciente, sin saber mucho de su historia, es súper pesado”.
Aunque abrirse espacio en la industria cinematográfica estadounidense ha sido difícil, Sofía Blanco asegura que ser venezolana ‐lejos de ser un obstáculo– ha sido una ventaja en su carrera. “Ser venezolana y ser bilingüe te abre puertas porque me han escogido para trabajos, por ejemplo, para traducir, para interpretar para actores que solo hablan español. Eso me ha ayudado”.
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